Resultado del enfrentamiento Toledo Corro-Calderón.
-Ningún exgobernador será candidato a senador (1982).
-Calderón buscaba hacer fórmula con Millán Escalante.
Jorge Luis Telles Salazar
Juan S. Millán Lizárraga transitó por un largo y sinuoso camino —que incluyó una orden de aprehensión en su contra— para llegar a la Secretaría General de la Federación de Trabajadores de Sinaloa en la primavera de 1981, cuando transcurría apenas el cuarto mes del mandato gubernamental de Antonio Toledo Corro. Con la decisión a su favor de parte de don Fidel Velázquez, Millán también aseguró, prácticamente, la candidatura a una diputación federal para las elecciones constitucionales de 1982, en el entendido de que era esta una posición política de la CTM.
Como se acostumbraba entonces, por esas fechas todavía faltaban meses para la postulación del candidato del PRI a la presidencia de nuestro país y las especulaciones cimbraban las esferas políticas de México, pero, en este caso en particular, el nombre era lo de menos. La CTM era un organismo tan sólido y poderoso que Juan ya tenía la diputación en el bolsillo. El elegido por José López Portillo, al final, fue Miguel de la Madrid Hurtado, cuyo destape ocurrió en octubre de ese mismo año: 1981.
La decisión en favor de Miguel de la Madrid —quien fungía como secretario de Programación y Presupuesto en la administración de López Portillo— abrió camino a nuevas figuras en la política de Sinaloa, las más relevantes: Francisco Labastida Ochoa y Ernesto Millán Escalante. Ambos con marcado desarraigo de nuestro estado, pero esto se transfería a segundo término. Los dos eran amigos del candidato y seguro presidente de México. Y con eso era más que suficiente.
Labastida era subsecretario con De la Madrid, de tal modo que rápido se le ubicó como titular de una secretaría de Estado en el nuevo mandato presidencial, o bien como candidato al Senado de la República; Millán Escalante, a su vez, como seguro dueño de un escaño en la cámara alta del Congreso de la Unión.
En esta escena, sin embargo, faltaba otro protagonista: el exgobernador Alfonso G. Calderón, quien con gran sentido político visualizó que la ruta de Labastida no conducía a la Cámara de senadores, y así, en este entendido, solicitó el apoyo de Fidel Velázquez para convertirse en candidato por Sinaloa al Senado, cuando todavía no cumplía un año de haber entregado la gubernatura a Antonio Toledo Corro. La exigencia se basó en que la CTM también tenía, como posición ganada a pulso, un escaño senatorial por nuestra entidad.
Como senador, pensó Calderón, tendría a la mano una poderosa herramienta para amargarle la vida al gobernador Toledo Corro; además de que, intuyó, Toledo no las tendría todas consigo con el nuevo presidente. Esto se debía a dos razones: una, porque a Toledo lo puso José López Portillo, y otra, porque su corazón había estado con Javier García Paniagua, cuando este presidía el CEN del partido tricolor y llevaba agua a su molino particular.
Las diferencias Toledo-Calderón parecían ser irreconciliables, irreversibles e ineludibles. Se daban con todo y , a la menor oportunidad. Frente a frente, dos políticos de peso completo. De los de antes. Sí, señor.
Y es que, de alguna manera, Toledo Corro estaba amenazado por la maldición que se cernía sobre los gobernadores de Sinaloa: jugar siempre la carta equivocada y, para colmo, transitar de la mano con el nuevo presidente de la República, durante cuatro años y un mes de su periodo constitucional. O sea, dos años de mucho poder y cuatro de cierta incertidumbre.
Una maldición neutralizada, a propósito —años más tarde—, por Renato Vega Alvarado, quien desde un principio se pronunció abiertamente por Luis Donaldo Colosio Murrieta, pero, como usted sabe: ¡se lo mataron! Y Mario Aburto, de paso, también asesinó las pretensiones de quienes, prematuramente —cuatro años antes—, se movían ya en pos de la candidatura gubernamental. Heriberto Galindo, el más activo de todos.
Renato Vega, sin embargo, se acomodó con Ernesto Zedillo Ponce de León (el candidato sustituto) para cubrir, sin sobresaltos, su sexenio como gobernador. Al igual que Zedillo, Renato aplicó una fórmula infalible , pero poco política: nadar de muertito por el resto de su administración.
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De regreso con Juan Millán, déjeme decirle que si con su arribo a la Secretaría General de la Federación de Trabajadores de Sinaloa había adquirido ya pasaporte para la Cámara Federal de Diputados, visó este documento aquella mañana de febrero de 1982, en el impresionante mitin del candidato presidencial del PRI, a inicios de su gira de campaña por Sinaloa. Fue aquel un conglomerado imponente, frente a lo que es hoy el Casino de la Cultura. Desde lo alto del estrado se apreciaban las filas interminables de gente, a lo largo de la avenida Álvaro Obregón, hacia el sur. Simplemente, espectacular.
Ahí Juan fue el segundo de tres oradores. Abrió la ronda el presidente del CDE del PRI , Jesús Manuel Viedas Esquerra, y la cerró el candidato Miguel de la Madrid, cuyo contento no le cabía en el pecho; al tiempo que el gobernador Antonio Toledo Corro seguía las incidencias del evento, a bordo de un helicóptero oficial, en el que sobrevolaba el punto de la reunión. Las formas se cuidaban por aquellos entonces.
Millán, con su voz de locutor, produjo un vigoroso discurso, centrado en las deplorables condiciones en medio de las cuales los jornaleros del campo —miembros de la CTM — realizaban su trabajo a cambio de salarios raquíticos en los empaques de legumbres, propiedad de los más connotados productores de Culiacán. La intervención de Juan caló hondo entre el sector agrícola (alineado, en su mayoría, con el PRI ), pero le valió comentarios positivos y la consiguiente felicitación del candidato presidencial.
Mientras, en primera fila, atentos a los movimientos y palabras del líder cetemista, se podía observar al exgobernador Alfonso G. Calderón y a Ernesto Millán Escalante, sentados uno en seguida del otro —de hecho, habían llegado en el mismo avión en el que Miguel de la Madrid—, como correspondía en a su calidad de presuntos candidatos al Senado de la República, en el clásico «muestreo» tan común de la praxis política mexicana.
Lo que se ignoraba es que, por alguna razón, Juan Millán no simpatizaba mucho con la idea de convertirse en candidato a diputado federal: «Me apenaría mucho hacerla de aerolito y caer en un distrito electoral ajeno al mío», confesó alguna vez, en alusión a una conducta recurrente por aquellos tiempos. De la misma forma, el rosarense ni siquiera imaginaba lo cerca que estaba de ser candidato, no a diputado sino a un escaño senatorial.
Ni en sueños, quizás.
Y lo que son las cosas.
Las tácticas de Alfonso G. Calderón, de aparecerse y buscar papeles protagónicos en los actos de campaña de Miguel de la Madrid, se le invirtieron. No pasaron inadvertidas para Toledo Corro, quien, de inmediato, se atravesó en el camino de su antecesor. Toledo estaba consciente de que la CTM tenía una senaduría en Sinaloa, pero que no necesariamente tenía que ser para el exgobernador.
—¡Quien sea, menos Calderón! —exclamó un iracundo Toledo Corro ante el propio presidente José López Portillo, cuando ya las postulaciones de candidatos a diputados y senadores estaban a la vuelta de la esquina en todo el país.
Y es que, en tanto no concluyera el sexenio, Toledo Corro mantenía un indiscutible poder como gobernador, por sus férreos nexos con el presidente. López Portillo corrió la cortesía al consultar el tema con el candidato presidencial, quien, agradecido como estaba por los actos de campaña en Sinaloa —Culiacán, Mazatlán, Los Mochis, Guasave, Guamúchil—, no pudo menos que aceptar la demanda de Toledo.
Bajo esta circunstancia, la petición fue analizada por López Portillo y Miguel de la Madrid, quienes tomaron una decisión colegiada y salomónica, a fin de no herir la sensibilidad de Calderón y mucho menos la de la CTM : ningún exgobernador será candidato a senador en las elecciones presidenciales de 1982. Así de sencillo.
A partir de ese momento, Juan S. Millán —sin saberlo— comenzó a perfilarse como candidato a senador, en fórmula con Ernesto Millán Escalante, una vez que el CEN del PRI lo consideró como el más viable para el cargo, además de tener el aval del gobernador Toledo, quien insistía y subrayaba: «Cualquiera, menos Calderón». Los gobernadores fuertes, como era el caso de Toledo Corro, tenían el derecho del visto bueno a los candidatos a diputados federales e incluso al Senado de la República.
El primer agraviado con este acuerdo —endosado al CEN del PRI — fue Alfonso G. Calderón, al igual que ciertos exgobernadores de otras entidades federativas, quienes veían esta fórmula como una extensión de su reciente poder, en demérito de los gobernadores en turno. Calderón, en particular, se sentía doblemente afectado. Por un lado, por la privación de sus derechos políticos y, por otro, por ser Juan Millán el elegido. Millán había sido hombre de todas sus confianzas en su gobierno, pero con 37 años de edad y sin haber ocupado antes cargo de elección popular alguno, no poseía el perfil necesario para la delicada responsabilidad de senador de la República. A decir de Calderón.
En estas condiciones, y a pesar del aval de don Fidel Velázquez, Millán mantenía dudas en cuanto a cuál de las dos cámaras llegaría el 1 primero de septiembre de 1982, si a la de diputados o a la de senadores. De forma paralela, también alentaba sentimientos encontrados ante la previsible reacción de Calderón, que no sería precisamente de regocijo, con todo y ser considerado casi como el padre político de Juan.
—En aquel entonces, quería verlo para explicarle la situación, para decirle que yo nada tenía que ver con esto, que todo había sido producto de las circunstancias y que en todo caso el detonante había sido su pleito con Toledo —nos comentó Millán Lizárraga un día de esos, en una comida en el restaurante Mar & Sea, en la que también participó el compañero y amigo Francisco Arizmendi.
En cuanto a su nominación, añadió:
—Todavía no estaba seguro de nada. Don Fidel solo me preguntó qué me parecía ser candidato a senador en vez de diputado federal, pero no me dio tiempo a la respuesta. Me convencí cuando al PRI estatal llegó la relación de candidatos desde el Comité Ejecutivo Nacional. Solo entonces tuve certidumbre de lo que tenía enfrente —acotó.
—¿Y vio o no a don Alfonso? —le pregunté a Millán.
—Sí. Sí lo vi —contestó—, en su casa de la ciudad de México, después de varios intentos. Calderón, días después, no digería todavía la decisión, y el encuentro, por supuesto, no fue nada cordial. Incluso me tachó de oportunista, traidor y desleal, pero, afortunadamente, todo volvió a la normalidad con el paso de los meses, máxime cuando don Fidel le ofreció interceder ante Miguel de la Madrid para que ocupase una cartera importante en su gabinete. Esto se tradujo, al fin, en la Subsecretaría de Pesca, como segundo a bordo del titular, Pedro Ojeda Paullada.
Días antes, el coraje de Calderón lo llevó, incluso, a un enfrentamiento con el máximo líder de la CTM , quien lo convenció, a final de cuentas, de que no había sido nada personal, que era el cumplimiento a un acuerdo del CEN y que si no estaba de acuerdo con la nominación del compa Juan Millán «entonces podríamos buscar otro candidato».
—¿Sí? ¿Como quién? —preguntó Calderón.
—Como Salvador Esquer Apodada, por ejemplo.
—¡Ni de loco! Mil veces Juan —puntualizó el exgobernador.
Y ahí el caso se decretó como cerrado.
Juan Millán llegó al Senado de la República; Salvador Esquer Apodaca —otro acérrimo enemigo de Calderón desde sus años como trabajadores y líderes sindicales en el ingenio de la ciudad de Los Mochis—, se convirtió en diputado federal; y el exgobernador, en subsecretario de Pesca al inicio del sexenio presidencial de Miguel de la Madrid.
Y todo mundo feliz
