– «Únicamente le pido que me deje batear», le demandó.
– «Solo juega el que está en la alineación”: Aguilar Padilla.
– Un manager, Juan Millán; un coach, Francisco Labastida.
Jorge Luis Telles Salazar
Mario López Valdez estaba frente a mí, hundido en el enorme sofá de la oficina de la dirección general del periódico El Sol de Sinaloa, aquí en Culiacán, con evidente esfuerzo por dibujar una sonrisa de optimismo. A su lado, de pie, con su clásica filipina de médico, el doctor Renato Gutiérrez Escobar. Su rostro, el de Renato, no era el jovial de siempre: estaba serio, como la esfinge. La amistad se había enfriado en los últimos meses.
Era diciembre de 2009, ya con las fiestas navideñas y de fin de año encima.
—Ya leí hoy en tu columna lo que te dijo Aguilar, pero yo solo deseo explicar una cosa —abrió López Valdez lo que sería una breve conversación.
Suspiró profundo, se acomodó en el asiento, volteó hacia la nada y agregó, con calma:
—Mira: yo solo quiero que me presten el bat y que me dejen batear; que gane el que llegue la pelota más lejos. Y si ese es Vizcarra, yo voy por la bola, la traigo, se la doy en sus manos y me sumo a su equipo, pero si yo la mando más allá, demando el mismo trato. Eso se lo dejo muy claro a Aguilar.
¿Que había escrito este columnista ese día? Parte de una charla sostenida con Jesús Aguilar Padilla, durante un desayuno en la sala de juegos de la Casa de Gobierno, justo donde Aguilar solía refugiarse en sus momentos de mayor tensión. Y ese era uno de ellos: tenía que decidir, en cosa de semanas, quién sería el candidato del PRI al gobierno del estado. Teóricamente, a su sucesor. Solo eso.
—Mire, estimado doctor Telles —me dijo Aguilar -, hay un detalle que algunos de los que quieren, han pasado por alto, y que les quiero recordar: que para anotar carrera primero tienes que batear y luego llegar a primera base. Si no es así, pues jamás alcanzarás el home.
—¿Y hay ya algún embasado? —le pregunté , con curiosidad.
—Pues no lo sé todavía, porque faltan algunas semanas, pero sí te puedo ampliar algo: antes de batear y llegar a la primera base, necesitas estar en la alineación. Si no estás en el line up, todo esto es materialmente imposible —contestó, al tiempo en que bebía un sorbo del segundo café del tempranero desayuno.
La conversación fue interrumpida por varias llamadas al gobernador, en un breve lapso, de su secretario de Administración y Finanzas, Quirino Ordaz Coppel; del presidente del CDE del PRI , Cenobio Ruiz, y del presidente de la Gran Comisión del Congreso del Estado, Francisco Javier Luna Beltrán. Todas se atendieron con la mediación de su asistente Ramón Velázquez Iribe. Tras esta pausa, nuestra siguiente interrogante:
—Deduzco, entonces, que uno de ellos ni siquiera está en la alineación.
—Usted es el analista. Se lo dejo a su consideración —acotó en tono lapidario.
Tiempo atrás. Dos meses antes, quizás tres, me había comentado que cinco de sus peloteros estaban ya en el campo de juego, dispuestos a ofrecer su mejor actuación para conquistar el trofeo de MVP (Most Valuable Player o el jugador más valioso), y entre ellos señaló al mismo Mario López Valdez, en el entendido de que no tenía preferencias por ninguno, y que su decisión, en su momento, sería fría, objetiva y responsable.
—El suelo está parejo, mi querido doctor. Eso lo garantizo absolutamente —comentario final.
Evidentemente Jesús Aguilar cambió de opinión conforme pasaban las semanas y la fecha se acercaba. Ya tenía, para esas fechas decembrinas, una decisión tomada. Ya no había dudas.
Aquella mañana, en las oficinas de El Sol de Sinaloa, la cara de Malova lo decía todo. Y la del doctor Renato Gutiérrez, también. Lo sabían.
Pero Mario López Valdez tenía la certeza de que era su momento, que era ahora o nunca. Estaba convencido de poder sacar adelante su proyecto con el respaldo del exgobernador Juan S. Millán, quien meses atrás se había pronunciado a su favor, en aquella histórica cena con los empresarios del norte del estado, el icónico restaurant “El Farallón”en la ciudad de Los Mochis. Por eso fue que ese episodio de la política sinaloense fue bautizado como “El Farallonazo”!.
Con el apoyo, a su vez, de gente con alto significado en las filas del PRI —como el también exgobernador Francisco Labastida, por ejemplo— y el de muchas otras personas con los recursos económicos suficientes como para hacer su sueño realidad. Por eso Malova se cambió inmediatamente de equipo cuando le dijeron que, allá con los tricolores, ni en la banca tenía lugar y que no estaba disponible tan siquiera el puesto de aguador.
En el otro team, en cambio, alineó de cuarto bat, y apenas en su primer turno, con las bases llenas, le cazó a Aguilar su clásica curva hacia la esquina de afuera —el típico slaider—, y se la depositó tras la cerca del jardín central, en un batazo memorable en la historia del beisbol político de Sinaloa.
Jesús Vizcarra no fue por la pelota.
