- Jesús Aguilar Padilla «incumplió un compromiso», sostiene Francisco Arizmendi.
- Lo de MaLoVa, para impedir el arribo de Vizcarra al gobierno.
- «Será uno de los dos y si no se pelean serán los dos…».
- Un sólido grupo, roto por ambiciones políticas y la lucha por el poder.
Jorge Luis Telles Salazar
El compañero y amigo Martín Mendoza Flores, columnista estelar de la cadena regional de periódicos de El Debate, dio la primicia en torno al inminente nombramiento del doctor Gonzalo Armienta Calderón como secretario general de Gobierno, por parte del propio gobernador electo, Juan S. Millán. La nota causó escozor en las esferas políticas del estado, puesto que se daba como un hecho que la posición estaba reservada para Jesús Aguilar Padilla, uno de los hombres más cercanos al futuro mandatario sinaloense. Ya estábamos en diciembre de 1998.
Cuando le formulé a Millán un reclamo en tono amistoso y de respeto, sobre la exclusiva para Martím, me prometió:
—No te preocupes, a ti te voy a anticipar el resto del gabinete.
—¿Sí? ¿Cuándo?
—Mañana mismo. Tengo que ir a México a ultimar unos detalles. Nos vemos en el aeropuerto, a las diez de la mañana. Si te parece.
Ya en este entendido, con la adrenalina al tope y a la hora convenida, me transporté a la terminal aérea a bordo de una camioneta, conducida por Abraham Velázquez Iribe, en la que también viajaba , como pasajero, Jesús Aguilar Padilla, dos de los hombres más cercanos a Millán Lizárraga; pero que aún no recibían ninguna invitación, en ningún sentido, para incorporarse al nuevo gabinete gubernamental.
A ambos se les veía nerviosos, inquietos, expectantes y, en algún momento, hasta molestos por no conocer todavía su destino en la próxima administración , cuando la toma de posesión estaba en puerta. Cosa de días ya.
—Mira, compadre —se decían y contestaban los dos al mismo tiempo , durante el traslado—, yo sé que así es el licenciado, pero son chingaderas de su parte que a estas alturas todavía no nos diga nada. Lo que sí te preciso es una cosa: ¡o una secretaría o nada! Ya nos la hemos jugado mucho con él como para no merecer una oportunidad. Escritorio y oficina grande, no pendejaditas.
Por aquellos años, el aeropuerto de Culiacán era una cosa pequeñita, chiquitita, quizás la vigésima parte de lo que es en la actualidad, y eso que ya habían sido ampliadas sus instalaciones: los mostradores de registro, la sala de abordaje, un modesto restaurante y pare usted de contar. Es más, todavía se conserva a un lado del edificio principal.
Al llegar al destino, Aguilar Padilla y Abraham Velázquez ni siquiera hicieron el intento de descender de la unidad. Lo que querían era esconderse. Estar lo más lejos posible de la siempre inquisidora mirada de Millán. Se quedaron lejos, en el área del estacionamiento.
—Aquí lo esperamos, doctor —me dijeron—. ¡Mucha suerte!
—¿Yo qué? ¡Suerte para ustedes! —les contesté.
El gobernador electo ya estaba en el aeropuerto, con el pase de abordar entre sus manos. Solo y su alma. Con la mirada me invitó a que lo acompañara al restaurante, y ahí comenzaron los «destapes» de quienes serían sus colaboradores. Fue rápido porque la hora de partida se acercaba.
—Pues como ya sabes, el doctor Gonzalo Armienta Calderón será el secretario general de Gobierno.
—Todos ubicábamos ahí a Jesús Aguilar Padilla —le comenté.
—¿Jesús? No. En realidad, nunca pensé en él para esa posición. En mi gobierno, estará el mejor sinaloense para cada posición.
Y comenzaron a fluir los nombres de los elegidos:
Óscar Lara Aréchiga para la Secretaría de Administración y Finanzas; Jesús Vega Acuña para la de Desarrollo Agropecuario; Heriberto Félix Guerra para la de Desarrollo Económico; Víctor Díaz Simental para la de Salud; Rosa del Carmen Lizárraga para la Coordinación General de Comunicación Social…, y así, uno por uno, hasta que solo le quedaron dos nombres en la lista:
—Abraham Velázquez Iribe para la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (SCOP ) y Jesús Aguilar Padilla para la de Desarrollo Social —concluyó Juan Millán, al tiempo en que buscaba en mi cara una reacción.
Ahí terminó la conversación. El vuelo del gobernador electo estaba próximo a salir. Se despidió y se trasladó rápidamente a la sala de abordaje. El columnista, por supuesto, le agradeció la deferencia que, además de constituir material de lujo para Agenda Política, sería la nota principal —la de ocho columnas— para la edición de El Sol de Sinaloa del día siguiente.
—¿Que te lleven? ¿, Tienes o tienes en qué irte? —me preguntó.
—No gracias, traigo carro. Buen viaje, señor.
Allá, en el fondo del estacionamiento, arriba de la unidad, agazapados, ansiosos y nerviosos, me esperaban Jesús y Abraham. Aún no abordaba bien el vehículo y, ya me preguntaban:
—¿Siquiera nos dejaron algo? ¿Quedó algo para nosotros?
—Sinceramente —les acoté—, no creo que ustedes no lo sepan, si son los más cercanos a Millán. Me cuesta trabajo pensar que no estén enterados.
—Pues no. Aunque no lo creas, no lo sabemos. Se nota que no conoces al licenciado.
—Pues bueno, ambos serán secretarios: usted, Abraham, de Comunicaciones y Obras Públicas; usted, Jesús, de Desarrollo Social. No se podrán quejar, son de las dos mejores secretarías de toda la estructura del gobierno del estado.
Aquella tarde y buena parte de la noche, la celebración fue en grande , en casa del arquitecto Arturo Manjarrez, en Colinas de San Miguel, en la parte más alta de la ciudad.
