*Historia de mujeres cuando era solo para hombres
Por Antonio Velázquez Zárate
Segunda de tres partes
Lo siguiente fue escrito por un periodista español, Juan Cudeiro, en la Coruña, España, el 17 de mayo de 2021, apareció publicado en el periódico mexicano El Día. Para nosotros y seguramente para nuestros lectores, lo más sorprendente de todo lo que leerán, son los tiempos, las fechas pues, ya que la historia data incluso con información del siglo 19 que marcó algunos esbozos de la práctica de este deporte en el continente europeo, tal y como lo anotamos en la primera entrega.
Creo que, para nuestros lectores, será esto mucho más interesante, que comentar lo anotado sobre la nueva temporada del fútbol mexicano que vivirá este año una etapa muy importante porque se trata de la antesala de la próxima Copa del Mundo.
En fin, a lo medular de lo ofrecido
La coruñesa Irene González fue la primera jugadora en competir de igual a igual entre hombres, en los años veinte, y fundó su propio equipo, pero murió muy joven de tuberculosis. Esta es la historia de una transgresora que desde la pasión desafió todas las convenciones, las de un entorno en el que las mujeres carecían del derecho al voto y apenas asomaban de manera tangencial en la vida pública, las de una sociedad en la que poderosos altavoces emitían mensajes censores sobre la creciente afición por la práctica deportiva y apuntaban, entre alarmas, que cada vez eran más las mujeres a las que les molestaba que se les siguiese llamando el sexo débil.
Es una historia de género, pero también de entusiasmo futbolero. “¡Es una historia tan corta…!”, suspira Matilde Regaldíe, la única descendiente viva de la generación posterior a Irene González Basanta (A Coruña, 1909-1928), la orgullosa sobrina de una futbolista legendaria que se convirtió en la primera mujer en competir de igual a igual entre hombres. Y en liderarlos. Matilde, que va camino de los 88 años, rescata la memoria que le transmitió su madre sobre Irene. Y expresa un deseo: “Ahora que tantas niñas juegan al fútbol me gustaría que supieran lo que ocurrió hace casi 100 años”.

El fútbol no solo fue masculino en sus albores. En 1881 se datan partidos en Gran Bretaña, también periodos de silencio atribuibles a los sectores más reaccionarios.
La sacrosanta Football Association (FA), máximo organismo del balompié inglés prohibió en 1902 los partidos entre hombres y mujeres y cortó la posibilidad de que estas pudiesen convertirse en profesionales del fútbol. En 1921 acabó por negar al fútbol femenino cualquier asistencia técnica o arbitral que estuviese federada. El veto caló y traspasó fronteras cuando en España se daban unos primeros pasos.
En 1914 las mujeres del Spanish Girl’s Club se habían organizado en torno a Paco Bru, una figura esencial en los albores del fútbol en España, jugaron un primer partido en Barcelona y disputaron algunos amistosos más en varias poblaciones catalanas antes de caer en el olvido. Bru tomó otros caminos y se convirtió en el primer seleccionador nacional masculino al frente del combinado que ganó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes, en 1920. Los ecos de aquella epopeya, con el fabuloso Ricardo Zamora bajo palos, llegaron a A Coruña. Allí se gestaba una guardameta, todo un carácter.
Irene tenía el punto obstinado de las pioneras. Ejerció de delantera, pero cobró fama porque se puso bajo palos y tuvo arrestos para armar un equipo y llamarle Irene Fútbol Club. Era la única mujer entre hombres, la capitana. Y fue la primera mujer en cobrar por jugar al fútbol en España. Ocurrió en A Coruña entre 1924 y 1927, en una singular peripecia que la convirtió en una celebridad en la ciudad mientras le golpeaba la tragedia porque en aquel tiempo fallecieron sus padres, un hermano y un sobrino. Se quedó al cuidado de Delfina, su hermana mayor, y su marido, los padres de Matilde.
“Es preferible lo antiguo”, tituló en aquel tiempo el diario católico El Ideal Gallego, en pleno apogeo del Irene Fútbol Club. El artículo desgranaba la creciente afición que existía por el “ejercicio físico” y apuntaba con alarma cómo cada vez eran más las mujeres que se apuntaban antes de censurar a “estos marimachos que lo mismo guían un automóvil, que lanzan un peso a considerable distancia o corren desaforadas en reñida carrera pedestre”. Continuamos mañana.
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