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Por Antonio Velázquez Zárate
En esto llamado universo, todo tiene un principio y un fin. En el planeta llamado Tierra, todo ser viviente recorre la ruta producto de la reproducción de nacer, desarrollarse y finalmente morir. Es la ley de la vida, en la que una de sus especies, el ser humano, está dotado de lo que llamamos inteligencia, de la que se dice, no tiene otro ser viviente alguno, cuestión que la dejamos para abordarla en alguna de nuestras tertulias con la familia y los amigos, pues hemos visto en múltiples programas de Discovery, como los narradores hablan sobre la inteligencia de los animales para lograr sus objetivos, en especial el mayor de ellos: alimentarse para sobrevivir.
El ser humano, inteligente, racional, emocional y todos los adjetivos que usted quiere agregar, resulta que es el animal que es más dependiente en tiempo es de sus progenitores que cualquier otro que habita en el planeta. Desde el momento mismo que es engendrado y en muchos casos hasta su muerte, si bien tal vez son los menos, pero hablando de la generalidad, dependen de sus padres hasta cuando terminan una carrera técnica o profesional, que también son los menos. No tenemos estadísticas a la mano, pero sabemos que muchos se quedan en diversos tramos del camino, sin primaria terminada, otros con apuros lograr superar la secundaria y se diluyen en gran cantidad aquellos que terminan preparatoria.
Pero, qué rayos tiene ¿qué ver esto con el fútbol?
Miren ustedes, la vida es una gráfica que va de menos a más y luego otra vez a menos. De muy pequeños nuestros padres y luego a su vez nosotros como tales, los llevamos de la mano en todos sentidos, es más no los soltamos ni cuando se independizan, tratando se aportarles consejos u orientaciones que a nuestro juicio les sirva para solventar algún problema.
Nos dieron de comer en la boca, cambiaron una y otra vez nuestros pañales, nos proporcionaron actividades de acuerdo con nuestra edad, esto último en combinación con las escolares, en donde la actividad física, de igual manera va de menos a más hasta llegar a lo más alto de la curva ascendente, para luego iniciar la descendente, a tal grado de que muchos adultos regresan a una etapa como si fueran niños, que requieren en muchos casos de todo tipo de ayuda. Volveremos pues a ser dependientes, unos más otros menos, de quienes nos rodean, de ahí la importancia de aprender desde temprana edad, a ejercitarnos, comer adecuadamente y recurrir a otros placeres que la vida y la naturaleza nos proporcionan, sin caer en los excesos, con la única finalidad de llegar a la llamada senectud para evitar depender tanto de otros.
La actividad física no es la panacea de la vida eterna, para nada, tampoco es el llamado elixir de la vida para prolongar nuestra estancia en este mundo, con todo y eso en cualquier momento, por lo que usted quiera, como es muy común decir, seremos llamados para entregar cuentas al creador.
En todas las disciplinas deportivas, en el caso de lo que me ocupa, el fútbol, nos vamos aglutinando por categorías, empezamos a jugar en canchas de acuerdo con nuestra edad y balones del tamaño y peso que nuestras piernas puedan manipular y golpear. Existen actualmente ligas desde los 4 años hasta los más veteranos con más de 70 abriles en sus espaldas, con reglas especiales, entre ellas incluir un jugador más y tiempos de duración más corto, amén de permitirse cualquier número de cambios, así como entrar y salir cuantas veces se requiera.
Hasta ahí todo muy bien, pero como la vanidad nos gana y no aceptamos del todo el descenso del que arriba hablamos, hay un asunto pendiente y prudente para complementar las medidas anteriores, más allá de aceptar que debemos ponderar sobre todo nuestra salud y el aspecto lúdico que representa practicar cualquier actividad deportiva incluso para los que se convierten en profesionales.
Si en nuestra niñez empezamos a jugar en canchas con medidas de acuerdo con nuestra edad hasta llegar a la plenitud física para jugar en campos reglamentarios de máximas medidas, pues en ese mismo plano debemos aceptar que nuestras condiciones físicas cada día son más limitadas y practicar nuestro deporte favorito en canchas más pequeñas.
Años atrás, en el hoy estadio Banorte, existió el campo Princess Club, donde cada jueves nos dábamos cita para jugar un torneo al que le llamamos “fútbol ocho”. La cancha grande la dividimos en dos y se jugaban simultáneamente un par de encuentros. Fue un buen experimento que hasta ahí llegó, porque curiosamente, los de mayor edad simplemente se negaron con el paso de los años a adoptar esa medida, que en otras entidades es muy aceptada.
En los últimos meses, producto de la pandemia, se volvió a hablar del asunto, pero nadie dio su brazo a torcer, ahora las consecuencias saltan a la vista, dos de los equipos de la liga ultra plus, están por tirar la toalla porque simplemente no pueden competir, cuando la solución la tienen en sus manos. Bien se puede abrir una liga de fútbol ocho, con este mismo número de equipos y más o menos nivelar la balanza lo que les daría oportunidad a los de mayor edad mantenerse activos y continuar conviviendo. Añadir reglas ya impuestas en otras entidades, como prohibir “barrerse” y balones adecuados que podamos impulsar, para que esta actividad lúdica sea mucho más segura.
Tal vez continuaremos predicando en el desierto, pero me queda la satisfacción de manifestarlo con la esperanza de que algún día den su brazo a torcer, por su propio bien.
Nos vemos mañana
Antoniovelazquez13@hotmail.com
