Columna Primer Bat
Por: Dr. Enrique García Villarreal
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Culiacán, gran urbe del Noroeste de México, se distingue entre otras ciudades por los marcados contrastes de su arquitectura urbana. Por un lado, la capital sinaloense da pasos firmes y agigantados hacia la modernidad – expresados en las grandes obras de vialidad actuales, en los espacios para la convivencia ganados a las riberas de los Ríos Tamazula y Culiacán, así como en su acelerada expansión territorial de las últimas décadas – mientras que por otro, se convierte en especialista en tornar a los edificios de nuestro pasado – generosa herencia que con amor colocaron nuestros ancestros en nuestras manos – en tristes estacionamientos, en plazuelas comerciales o en moradas donde habitan los fantasmas –. El centro histórico de Culiacán, amalgama de comercios, burdos remedos de adoquinado, grietas ocasionadas por el transporte público y colonias que murieron junto con nuestros viejos, es hoy triste escenario de edificios en abandono – como la otrora magnífica residencia del olvidado ‘Arquitecto de Culiacán’, Luis F. Molina – así como testigo de la indolencia de algunos de sus habitantes, quienes han borrado de la faz de la tierra a muchas edificaciones que datan de la época del porfiriato, con o sin el permiso correspondiente de las autoridades encargadas de su protección. Esta insistencia por sobreponer intereses económicos sobre el inmesurable valor histórico de nuestra herencia pone en manifiesto la imperante y lamentable insistencia del mexicano por perseguir lo conveniente – caracterizado por la improvisación y el beneficio a corto plazo – por encima de lo significativo – como lo es, entre otras cosas, preservar el legado de aquellos que nos dieron nuestra identidad –.
Entre todos los aciertos y desaciertos de la política urbana del centro histórico de nuestra ciudad, un brillante destello de grandeza se asomó en el horizonte el pasado 28 de noviembre de 2021, fecha en que la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) conmemoró con gran solemnidad el centenario de uno de los edificios más emblemáticos del Culiacán de antaño: el Estadio Universitario. Ya el 09 de mayo del presente año se le habían rendido honores: fungiendo como maestro de ceremonias en el marco del XXVI Festival Internacional Universitario de la Cultura 2021, en es entonces rector de la máxima Casa de Estudios del Estado, el Dr. Juan Eulogio Guerra Liera, reveló una placa conmemorativa en la cual se lee: “Este recinto es considerado el estadio en pie más antiguo de México, en cuyos orígenes se practicó el béisbol, siendo sede de grandes encuentros de la Liga de la Costa del Pacífico, en la que jugaron leyendas nacionales y extranjeras que incluso llegaron a Grandes Ligas…”. Sin embargo, hemos de observar que la afirmación de ser el estadio en pie más antiguo en México es objeto de debate – por un lado, el antiguo estadio Socum (Sociedad Cuauhtémoc Moctezuma) de Orizaba fue construido en 1899 y posteriormente acondicionado para ser campo de futbol; por otro, según cita el historiador Heberto Sinagawa Montoya, estando el honorable José Vasconcelos de visita en Culiacán en el año 1922 en calidad de Secretario de Educación, éste manifestó: “Éste es el primer estadio deportivo en el país” –.

El Universitario, recordemos, tuvo la singular distinción de ser uno de los dos magnos escenarios donde simultáneamente se inaugurara con bombo y platillo el debut de la legendaria Liga de la Costa del Pacífico un 27 de octubre de 1945 – siendo el otro el desaparecido ‘Fernando M. Ortíz’ (antes ‘La Casa del Pueblo’) en Hermosillo, Sonora –. En aquella inauguración, presidida por Enrique Peña Bátiz, se contó con la notable presencia de Alejandro ‘Fray Nano’ Aguilar Reyes – cofundador de la Liga Mexicana de Béisbol, fundador del primer diario deportivo en México, ‘La Afición’ y Alto Comisionado de la joven liga –, quien fuera encargado de lanzar la primera bola en el partido entre los Tacuarineros de Culiacán y los Ostioneros de Guaymas.
“La muerte no llega con la vejez, sino con el olvido” – escribió García Márquez –, y con la muerte del régimen porfirista impuesto por Cañedo y por la familia Redo, los revolucionarios, de la mano firme del militar y Gobernador Constitucional de Sinaloa, Ramón F. Iturbe, lograron establecer la bases del Culiacán moderno, aprobando la finalización del mercado ‘Gustavo Garmendia’ – nombrado en honor de su compañero de lucha, acaecido en la Revolución –, la construcción de la escalinata del Templo de La Lomita – erigida, se dice, en pago de una manda del revolucionario –, así como el establecimiento de la Universidad de Occidente un 19 de mayo de 1918 – en el inmueble que hoy conocemos como el Edificio Central de la UAS, anteriormente residencia del Gobernador Cañedo –. Fue gracias a esta institución que en Culiacán florecería el béisbol – gigante dormido durante el paréntesis de la Revolución Mexicana –, con la creación del legendario Club Humaya, el cual fuera puesto en marcha por sus alumnos. Para celebrar el primer aniversario de la Universidad de Occidente, los estudiantes organizaron un partido de béisbol entre integrantes de esta institución contra el 23 Regimiento de Caballería del Ejército Mexicano, con el Coronel Francisco Ochoa y el Ing. Juan de Dios Bátiz Paredes – a quien los Tomateros le deben los colores que con merecido orgullo portan – como umpires.
Con el carrancismo en agonía y el sonorismo de Adolfo de la Huerta, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles cobrando fuerza a lo largo y ancho del país, el hijo ilustre de San Pedro, Navolato – el General Ángel C. Flores –, logró en su segundo intento ganar las elecciones para la gobernatura de Sinaloa, sucediendo a Ramón F. Iturbe y derrotando en las urnas a Juan Carrasco el 27 de septiembre de 1920. Todo buen aficionado del béisbol en Culiacán conoce sin duda el nombre de este General sinaloense – quien fuera en palabras de Álvaro Obregón, “el mejor soldado de la Revolución” – pero lo que quizás no sepa es que fue precisamente durante su gobierno cuando se inauguró el Estadio Universitario, mismo que sería la casa de los Tacuarineros por tres años (1945-1948) y hasta la construcción del recinto que durante 67 años llevara el nombre del militar y político.

Obra del Ing. Eliseo Leyzaola Salazar, el Estadio Universitario fue construido a partir de una solicitud extendida al ayuntamiento por parte del Dr. Bernardo J. Gastélum – rector de la entonces llamada Universidad de Occidente –. Dicha solicitud, fechada el 13 de febrero de 1920, pedía a las autoridades ceder los terrenos situados al norte de la actual plazuela Rosales para su construcción, mismos que en su momento fueran propiedad de la Sra. Francisca Bátiz (vuida de Cañedo) y de la Escuela Industrial Militar. Dichos predios, que colindaban con el Río Tamazula y que anteriormente fueran utilizados para el cultivo de naranjas y otros árboles frutales bajo el nombre de la “huerta de Carrascosa” – en referencia al apellido del dueño originario de la misma –, se encontraban en el abandono por la falta de su debida atención.
Ya que el estadio se inauguró sin concluirse, los empresarios le colocaban sogas en los laterales para impedir el paso a la gente que no hubiese adquirido un pase – con valor de veinticinco centavos de aquel entonces – para los partidos de béisbol que se llevaban ahí a cabo. Debido a su capacidad de 3,000 almas, muchos aficionados se quedaban fuera del estadio, por lo que extraían las bancas de la plazuela Rosales para sentarse a ver los partidos. Fue un 14 de mayo de 1922 cuando Mazatlán y Culiacán se enfrentaron en este estadio en un encuentro muy recordado. Con Culiacán imponiéndose ante Mazatlán con marcador de 14-1, el magnífico triunfo culminó con un gran baile celebrado en la ciudad. Muchos encuentros como éste se llevaron a cabo en el Estadio Universitario, el cual sería también utilizado para eventos de gran calidad deportiva por el mismísimo Señor del Béisbol y también Padre del Softball en Culiacán, Antonio ‘Pachuco’ Zazueta Villa. ‘El Pachuco Villa’ se convertiría en la figura responsable de que Culiacán brillara en el béisbol con un destello sin igual por primera vez en su historia al atraer el talento de grandes figuras como José Luis “Chile” Gómez, Guillermo “Memo” Garibay, Alfonso “La Tuza” Ramírez, Epitacio “La Mala” Torres y Fidel Reséndiz.
Sin duda ha sido el Estadio Universitario el campo de los sueños de muchas leyendas del deporte. Recuerda el inmortal ‘Gilillo’ Villarreal que, siendo estudiante de la Escuela Primaria Gral. Álvaro Obregón – a unos cuantos pasos del Estadio Universitario – él podía observar desde su salón de clases a la juventud practicando béisbol en este recinto – en aquel entonces no existía el actual puente Teófilo Noris, hoy línea de concreto que divorcia geográficamente a la tradicional casa de estudios del antiguo estadio –. Imagínese, querido lector, al joven ‘Gilillo’ de los 30 del siglo pasado, con sus zapatos manchados por el polvo y el lodo de la calle sin pavimento y su cabeza llena de sueños, sentado en su rústico pupitre de madera, desatendiendo las instrucciones de su maestro y observando desde la opaca ventana del salón de clases a las atléticas siluetas moviéndose dentro del Estadio. Sentado en su pupitre, soñaba el niño con algún día convertirse en uno de esos héroes míticos con nombres fantásticos que dejaron huella indeleble en el béisbol profesional. No pasaría mucho tiempo para que el chico decidiera escaparse de clases a hurtadillas para jugar béisbol, en aras de concretar aquel sueño infantil que germinaba en su corazón y que muy pocos de nosotros se atreven a perseguir hasta sus últimas consecuencias. ¿Quién hubiera imaginado que, tan sólo un par de años más tarde, ese ‘Gilillo’ travieso que se hacía la pinta en la escuela para irse a jugar béisbol con niños más grandes al Estadio Universitario se convertiría, ya hecho un hombre, en el primer artillero en posar sus pies sobre la caja de bateo de ese mismo recinto para defender los colores guindas de Culiacán en el partido inaugural de la Liga de la Costa del Pacífico? “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, concluye García Márquez.

Muchos años fue el Estadio Universitario el mayor exponente del béisbol en la ciudad, hasta que con la llegada del “Ángel Flores” a Culiacán, las autoridades de la Universidad le dieron cabida al balompié, donde el deporte amateur nació, creció y maduró hasta convertirse el recinto en el primer escenario de las ligas locales. El futbol local tiene mucho que agradecer a la incansable gestión de Miguel Dimópulos Riuz, quien logró convencer al rector Dr. Fernando Uriarte de cederles el espacio, mismo que es en la actualidad sede del equipo ‘Águilas de la UAS’ de fútbol profesional de tercera división. ¡Feliz primer centenario al Estadio Universitario, ícono de Culiacán y espacio donde se fortalecen los valores y la cultura de la paz en nuestra ciudad!
Aprovechamos la oportunidad para enviar un afectuoso saludo a todos aquellos que cada semana nos regalan unos minutos de su día para leer nuestra columna, misma que esta semana también se viste con manteles largos… ¡en celebración de sus primeros seis meses de existencia! A los Señores Francisco de Asís Solís Reátiga y Martín García Castillo, muchas gracias por la oportunidad, por sus consejos y por el espacio. A usted, querido lector, mi más profundo agradecimiento, en especial por sus comentarios, sugerencias, opiniones, por compartir sus anécdotas personales del maravilloso mundo del béisbol con nosotros y sobre todo, por ofrecernos su bella amistad. ¡Mil gracias! ¡Cent’anni!
