El estrés hídrico, la concentración en el cultivo de maíz y los vaivenes del mercado global colocan al sector agroalimentario ante un escenario que exige reconversión productiva y mayor valor agregado.
Culiacán, Sinaloa.– Con una superficie agrícola cercana a las 800 mil hectáreas, el campo de Sinaloa se mantuvo durante 2024 como uno de los principales motores económicos del estado; sin embargo, el inicio de 2026 encuentra al sector bajo una presión creciente derivada del bajo nivel de las presas, la volatilidad de los precios internacionales y la alta dependencia de un solo cultivo.
De acuerdo con el investigador David Salvador Cisneros Zepeda, de la Facultad de Estudios Internacionales y Políticas Públicas de la UAS, la actividad agroalimentaria aporta alrededor del 14 por ciento del valor económico estatal, una participación que supera con amplitud el promedio nacional y que la coloca por encima de ramas como la manufactura no alimentaria, solo detrás del comercio y los servicios.
Durante el ciclo agrícola 2024 y el periodo otoño-invierno 2025-2026, el gobierno estatal estimó una derrama económica cercana a los 30 mil millones de pesos únicamente por la siembra de maíz, cifra que incluyó la adquisición de insumos, contratación de servicios agrícolas, generación de empleo rural y actividades logísticas. Este monto, explicó el especialista, resulta comparable al presupuesto anual de varios municipios, lo que dimensiona el peso del cultivo en la economía regional.
No obstante, el académico advirtió que uno de los principales riesgos estructurales del sector es la concentración productiva, ya que cerca del 60 por ciento de la superficie sembrada en Sinaloa se destina al maíz, un grano altamente expuesto a las fluctuaciones del mercado internacional. A ello se sumó en 2025 el impacto de aranceles aplicados por Estados Unidos y la dependencia de insumos importados, factores que afectaron las exportaciones, redujeron la entrada de divisas y provocaron efectos indirectos en el empleo, el transporte y el comercio local.
A este contexto se agrega el estrés hídrico, considerado uno de los mayores desafíos para el presente año. Las presas del estado iniciaron 2026 con niveles promedio de almacenamiento cercanos al 34 por ciento, situación que incrementa el riesgo de disminución en los rendimientos agrícolas y obliga a realizar ajustes en la superficie sembrada, presionando la rentabilidad de los productores y la derrama económica real.
Ante este panorama, Cisneros Zepeda subrayó que el futuro del campo sinaloense pasa por la reconversión productiva, la tecnificación del riego y la generación de mayor valor agregado. Diversificar cultivos, fortalecer la agroindustria y abrir nuevos mercados permitiría no solo enfrentar los retos del agua y la volatilidad global, sino también lograr que una mayor proporción de la riqueza generada por el sector permanezca en la economía local y contribuya al desarrollo regional de largo plazo.
