Satélite sinaloense
Por Guadalupe Martzz
José tenía 16 años, era un joven muy inquieto, pero bien portado, delgado, de 1.60 metros de estatura, ojos verdes, de piel morena, cabello castaño y cursaba el primer año en una preparatoria del Estado. También era un estudiante muy responsable, se veía que le gustaba la escuela y algunas veces les comentó a sus compañeros que le gustaría ser arquitecto. Toda en su vida había vivido bien aunque su padre no era rico, pero si muy trabajador.
Era el año 2005 y a medidos de ese año José perdió a su padre en un accidente vial. Al parecer un automovilista ebrio lo arroyo cuándo regresaba de su trabajo en una vieja motocicleta a sólo un par de cuadras de llegar a su casa. El responsable huyó y jamás fue identificado, como es costumbre en Culiacán y todo el estado de Sinaloa.
Ese día todo cambio para José, en parte porque su padre ya no estaba con él, pero más porque nunca tuvo una buena comunicación con él debido a que trabajaba mucho y fueron pocos los buenos consejos que su progenitor le dió para enfrentar la vida. A pesar de ello el jovencito lo admiraba y lo amaba. Su madre también sufrió mucho por la perdida de su esposo.
Debido al trágico accidente vial su madre tuvo que trabajar y Javier empezó a cambiar su actitud. Un día después de clases se fue con unos amigos y no volvió a su casa hasta entrada la noche. Su madre Toñita estaba acostumbrada a llegar a casa en la tarde después de su trabajo y encontrar ahí a su hijo estudiando.
Cómo ese día no lo encontró salió a buscarlo en las casas de sus amigos de la colonia y calles aledañas. No lo encontró y comenzó a preocuparse. Eso nunca había pasado con José.
Cuando regresaba a su casa se encontró con José y le reclamo fuerte el porque no había llegado temprano a casa y le pregunto dónde había estado toda esa tarde y parte de la noche, «con unos amigos» fue la única respuesta que José dio a su mamá. Esa fue la primera de muchas malas desiciones que tomó el jovencito y que a la postre le llevaron a tomar un camino sin retorno.
En poco tiempo José comenzó a juntarse con varios jóvenes vagos que tomaban cervezas, fumaban marihuana e inhalaban cocaína. No paso mucho tiempo para que José también hiciera lo mismo. La ausencia de su padre y una madre que casi no veía por su trabajo fueron determinantes para que el jovencito se enganchará en los vicios que abundan en una ciudad como Culiacán plagada de gente del narcotráfico e inhundada de tienditas que las autoridades hace como que no ven.
Uno de sus amigos consiguió un «trabajo» con un grupo de la delincuencia organizada y le presumía a José y sus otros compañeros lo que hacía y todo el dinero que ganaba por «aventarse» un «jale». Al principio sólo era plática, pero luego los invito a trabajar con él para sus «patrones».
José todavía no cumplía los 17 años de edad y ya era adicto a la cocaína, creo que por eso acepto el trabajo que le ofrecieron y abandonó la escuela. No se lo dijo a su madre hasta que ella se dio cuenta y le reclamó. Ya era tarde, el joven ya no obedecía sus órdenes. Se creía todo un hombre y empezaba a ganar dinero en dólares. Su camino estaba marcado.
Comenzó llevando drogas a las «tienditas» en las diversas colonias de Culiacán, entre ellas la 16 de Septiembre, Lombardo Toledano, Los Mezcales, 6 de Enero y Loma de Rodriguera. Se las ingeniaba para llevar la mercancía a los vendedores.
«El Morrillo» era aventado y nunca decía que no podía, por eso pronto fue requerido para un «jale» mayor y no lo pensó dos veces porque sabía que ganaría una buena cantidad de dinero y podría comprarse su primer automóvil. Soñaba con manejar su propio carro. «Le entró, a quién hay que darle pá bajo», contestó José en forma muy impetuosa.
El «jale» se registró un viernes, a eso de las 8 de la noche, en la colonia El Palmito. Dos hombre fueron ejecutados a balazos cuándo llegaban a un domicilio. Antes de poder bajar de la camioneta en que circulaban los dos sujetos fueron atacados por dos jóvenes que portaban rifles AK-47, mejor conocidos como «Cuerno de Chivo». José era uno de los dos que accionaron las armas de alto poder.
Luego del atentado los dos muchachos huyeron un automóvil compacto que era conducido por otro de sus compañeros, quién los había llevado al lugar para perpetrar el atentado.
«Eran unos plebes los que los mataron» , dijo una testigo a los periodistas que llegaron a la escena del crimen para obtener información y publicar el doble homicidio en los periódicos.
Esa noche José y sus dos amigos festejaron el éxito de su primer «jale» en un Table Dance. Aún estaban eufóricos, les ponían dólares a las bailarinas en las tangas y tambien pagaba sus botes con billetes verdes.
Mientras ellos reían y cantaban por sus fechorías, dos familias lloraban la muerte de dos personas trabajadoras que su pecado fue hacerse de palabras con un tipo que solo había escalado alfunos peldaños en el Cártel de Sinaloa y ya se creía intocable.
Luego vinieron otros «jales» y otros más. Jose compró una casita y un automóvil. No eran la gran cosa, pero el joven se sentía independiente y dejo sola a su madre, aunque de vez en cuándo visitaba y le llevaba dinero.
Ella sabía que su hijo andaba mal, pero como muchas madres en Culiacán aceptaba los billetes mal habidos y nunca le preguntaba de dónde salían, pero se los imaginaba. «Cuídate mucho hijo» le decía cuando el joven se suponía a irse de su casa después de cada visita.
El jovencito vivían de «jale», fiestas y «jale». Era un círculo vicioso que lo había dejado ya sin sentimientos y con una adicción a las drogas y el alcohol. Dicen quiénes lo conocieron que una vez aceptó que ya estaba perdido y que sabía bien que de ese negocio nunca se sale.
Un día su jefe inmediato le ordenó la ejecución de «El Betillo» un joven ex vendedor drogas el Cartel de Sinaloa que estaba vendiendo mariguana y cocaína en la colonia Libertad para otro grupo de la delincuencia organizada. José lo conocía y sus compañeros también, por eso no estudiaron mucho sus movimientos y se apresuraron para hacer el «jale».
Fue un jueves por la tarde noche de finales del año 2009, ya en eso días había una guerra entre Los Beltrán Leyva contra El Chapo Guzmán y su compadre «El Mayo» Zambada. Los homicidios rebasaban la cifra de los mil 500 por mes en Sinaloa. había un toque de queda en Culiacán. Aún así comandos armados circulaban por las calles de Culiacán que se quedaba solas después de las 9 de la noche.
José y dos de sus compañeros subieron a un camioneta cerrada y se trasladaron a la colonia Lombardo Toledano, ya habían planeado estacionarse a una cuadra de la casa y ahí esperar que saliera de su casa «El Betillo», y sino caerle en la madrugada a su domicilio «con todo» el poder de fuego.
Media hora después de haber estacionado a una cuadra de la casa de su objetivo, les cayeron, y le dispararon desde una camioneta en movimiento. Las balas de un «Cuerno de Chivo» destrozaron la cabeza de de José y sus compañeros resultaron heridos de bala, bajaron de la unidad y trataron de huir a pié, pero fueron «levantados». Hasta el día de hoy siguen desaparecidos. Así acabó la vida de José un joven que tomo malas decisiones.
