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Por Antonio Velázquez Zárate
Cuando las imágenes de la tragedia provocada por las fuertes lluvias que han azotado a Culiacán, cuya responsabilidad es compartida por autoridades y los humanos, se volvió viral en redes sociales y comentario del día en todos los noticieros nacionales, nos vino a la memoria un hecho que de forma personal y en general de familia, nos hizo reflexionar a tal grado que nunca jamás hemos vuelto a ser tan imprudentes, como en esa ocasión.
Estaba bien orgulloso de mi flamante Ford Marquis clásico, sin duda alguna uno de los mejores autos que han salido al mercado, pero que poco a poco fueron desapareciendo del mapa por su enorme motor de 8 cilindros y por lo tanto buen cliente de Pemex. Recurrí a modificar un poco ese asunto, le instale un eficaz equipo de gas por lo cual en lo económico en ese entonces, hace cosa de 10 años, más o menos valía la pena. Un pequeño botón y cambiaba a gasolina en caso de agotarse el gas.
Vivo en la zona baja de la colonia Nuevo Culiacán, es más, a solo unos pasos de un canal pluvial, del que se supone solo corre agua cuando llueve, pero toca la casualidad de que todo el año fluye el vital líquido. Administraciones pasan y pasan y nadie ha podido resolver ese misterio ¿de dónde rayos sale agua como para no dejar descansar ese canal que desemboca en el río?.
Total, para abreviar un poco. Un buen día, uno de mis hijos a quien le había prestado el auto, lo dejó estacionado a un costado de la cochera. Era ya de tarde-noche y bajo la amenaza de un cielo en capotado a punto de abrir la regadera. Y sí, durante la madrugada cayó uno de esos aguaceros como los de los últimos días. Al amanecer, el grito de “papá, se robaron el auto”. Ya sabrá usted, la reacción de desanimo e impotencia.
No lo podía creer. Robarse un auto aprovechando el fuerte aguacero, pero nada, nos asomamos al arroyo y allá en el fondo atorado en el túnel que da a los campos de la liga Tres Ríos, estaba el que para mí era un valioso bien que cuidaba con muchos esmero. Cristales totalmente destruidos y la parte delantera achatada. Si hubiese sido uno de los autos actuales, el resultado: totalmente añicos, pero aun así, supimos que la vida útil de nuestro flamante Marquis, había terminado.
Entre esta experiencia y una seria inundación de nuestro hogar, sufrido un año antes, tomamos medidas para siempre: eleve la cochera y jamás dejamos los autos fuera ante el asomo hasta de una pequeña nubecilla.
Recordamos esta experiencia y la sacamos de nuestra memoria precisamente por los sucesos del año anterior y el actual que han costado no pocas vidas debido a la falta de responsabilidad tanto de autoridades como de ciudadanos. Todos quienes vivimos en esta capital no podemos argumentar desconocer los lugares de riesgo, sin embargo, pese a ello, despreciamos las recomendaciones de las autoridades, retamos la fuerza de la naturaleza y cuando sucede una tragedia, generalmente siempre los culpables son las autoridades. Y sí, en algunos casos la comparten como en lo sucedido a la joven en el bulevar Emiliano Zapata. Nos parece increíble que haya desaparecido la reja del drenaje que sirve para contener la basura, pero más incomoda que los responsables del área de mantenimiento no la hayan repuesto. Se trata de una total negligencia y alguien tendrá que pagar el costo, más allá también de quienes cometieron el error de aventurarse a desafiar el caudal del agua. Su castigo ha sido más que suficiente: la perdida de una vida, pero ¿y las autoridades?.
Antoniovelazquez13@hotmail.com
