Por Evencio Flores Gutiérrez
“Un hombre puede creer o no creer, eso es cosa suya, porque es su propia vida la que apuesta por la fe, la incredulidad, el amor, la inteligencia. Y no hay sobre la tierra otra verdad más grande para el espíritu humano que esta gloriosa y humilde condición. El hombre arriesga su propia vida cada vez que elige, y eso lo hace libre”. Esta máxima de Máximo Gorki no representa únicamente un postulado estético; es el axioma ontológico sobre el cual se construye la dignidad del individuo frente al vendaval de la historia.
La Ciudadela: Epicentro de un Volcán Ideológico
Corría la década de los sesenta y la Escuela Vocacional No. 5 Ciudadela (hoy CECyT Benito Juárez) del Instituto Politécnico Nacional se erigía no solo como un centro educativo, sino como un ente político de una vitalidad volcánica. Fue en sus pasillos donde se gestó el embrión del Movimiento Estudiantil, aquel clamor juvenil que encontraría su trágico némesis el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, apenas en el proscenio de los Juegos Olímpicos de México 68.
La cotidianidad era un ejercicio de resistencia y asombro. Habitábamos salones donde la demografía desafiaba la física: un centenar de almas apretujadas en recintos diseñados para apenas treinta. En ese microcosmos, colisionaban todas las galaxias ideológicas que orbitaban el país: desde el socialismo doctrinario del PPS y el rigor dialéctico del PCM y la JCM, hasta el ardor insurreccional de los trotskistas de la Liga Comunista Espartaco y el Partido Obrero Reservacionista. Coexistían los maoístas del Movimiento Marxista Leninista con la izquierda intelectual de la MLN bajo la égida de Heberto Castillo.
En aquel tablero de ajedrez humano, también se movían las piezas de la CNED con un joven Pablo Gómez, los priistas de la FENET, los rescoldos del Consejo Nacional de Huelga y las facciones más oscuras de la vida estudiantil: los porros del Jhonny, el Grupo Dorado Sinaloense y los ubicuos «Javieres», agentes de Gobernación que mimetizaban su vigilancia entre el humo de los debates. Incluso la presencia del Ejército Mexicano era una constante sutil, personificada en maestros de innegable extracción militar. Era un ecosistema de corrientes estatales —guerrerenses, oaxaqueños, bajacalifornianos— que manifestaban el pulso de una nación en vilo frente al régimen de Gustavo Díaz Ordaz y su delfín, Luis Echeverría Álvarez. Era, en esencia, el caldo de cultivo de la “Guerra Sucia” de los setenta, cuya sombra ominosa proyecta aún sus reflejos en el México contemporáneo.
La Forja del Intelecto entre el Absurdo y la Razón
En aquel entonces, la lectura no era un pasatiempo, sino una urgencia vital, un rito de paso obligatorio. Nuestra brújula intelectual oscilaba entre el misticismo exótico de El Tercer Ojo de Lobsang Rampa y la profundidad psicológica de Hermann Hesse en El Lobo Estepario, Demian y Siddharta. Nos adentramos en la arquitectura del pensamiento de Herbert Marcuse con Razón y Revolución, y abrazamos el existencialismo francés desde la densidad de El Ser y la Nada de Jean-Paul Sartre. De Albert Camus, nos seducía su estoicismo frente al absurdo, esa vitalidad trágica que se destila en las páginas de La muerte feliz.
El rigor teórico nos exigía desentrañar El Capital de Karl Marx, asimilando la premisa de que solo el esfuerzo humano es capaz de engendrar capital. Eran tiempos de debatir la «Negación de la Negación», ese concepto donde tanto Hegel como Marx postulan que negar un estado de cosas no implica un retorno al punto de partida, sino una ascensión dialéctica hacia una forma superior de existencia.
Este torrente cultural caló hondo en la mente de un joven provinciano mazatleco que, entre acordes de guitarra, había transitado por los escenarios profesionales con “Los Árabes”, transformados después en “Los Seris” bajo la batuta del “Güero Chacualón”. Aquella sensibilidad musical nos permitía entonar en cualquier foro, con la misma convicción que un manifiesto político, las letras de “A desalambrar”, “A parir, Madres Latinas” o “Te recuerdo Amanda”. De la sinaloense Amparo Ochoa heredamos la denuncia de “La Maldición de la Malinche”, y en la voz de Violeta Parra, con su “Gracias a la Vida”, hallamos un remanso de paz necesario ante la efervescencia del conflicto.
Del Realismo Mágico a la Condición Humana
La madurez literaria nos trajo la ruptura narrativa de Rayuela de Julio Cortázar, la eternidad mítica de Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez y la disección antropológica de Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad. Transcurrimos por la crudeza social de Vargas Llosa en La Ciudad y los Perros y nos perdimos en el polvo metafísico de Juan Rulfo con Pedro Páramo y El Llano en Llamas, siempre con la mirada puesta en la épica revolucionaria de Mariano Azuela y sus Los de Abajo.
Vivimos esa transición histórica entre balaceras de porros, «grilla» estudiantil y una formación ecléctica que abarcaba desde el teatro experimental hasta el basquetbol, el billar en Bucareli con el “Carrasco” y el “Panfle”, y las sesiones de cine que eran, en sí mismas, un laboratorio social. No obstante, fueron Dostoievski con Los Hermanos Karamazov y Gorki con La Madre los que sellaron nuestra visión del mundo. Del último aprendimos que, aunque ajenos a la vida obrera, la lucha de clases es un fenómeno que atraviesa el hogar y transforma a la madre en el valor supremo de defensa, motivación y educación. Ellas, por un instinto superior, aplican sin saberlo el postulado de Jean-Jacques Rousseau: “El hombre nace bueno, pero la sociedad lo corrompe”.
La Metamorfosis del Poder y la Guillotina de la Historia
Partiendo de esa premisa rousseauniana, me permito conceder que nuestros legisladores, magistrados y el resto de la clase política nacieron como seres de luz, amados por sus madres. La interrogante que nos asalta es de una crudeza casi biológica: ¿En qué momento se pervirtieron? ¿En qué instante la sociedad erosionó su condición natural para convertirlos en verdugos de millones de sus congéneres? Sus decisiones hoy afectan a sus propios descendientes, convirtiéndolos en arquitectos de su propia ruina, tal como le sucedió a Robespierre, quien terminó reclamado por la misma guillotina que su política del terror había afilado para sus enemigos.
Como bien sentenció Rubén Aguilar apenas ayer, este 21 de abril de 2026: “Ha muerto la democracia mexicana”. Esta luctuosa declaración surge tras la imposición en la Cámara de Diputados de tres consejeros del INE —los tristemente célebres “Consejeros Carnales”—, figuras adictas al poder gubernamental que dinamitan la imparcialidad institucional. Los actuales jerarcas del Estado han superado las peores prácticas del PRI, partido del cual muchos son vástagos ideológicos. Al haber renunciado a la lectura, ignoran que la historia no perdona y que sus ciclos son implacables.
Ya han capturado las instituciones, desde el Ejecutivo hasta el Judicial; manejan el erario como patrimonio propio y compran conciencias con una eficacia cínica. Sin embargo, olvidan que de sus propias entrañas surgirán los nuevos Cárdenas y Muñoz Ledo que denunciarán la ignominia y reiniciarán el juicio implacable de la historia, esa fuerza cíclica, a veces inhumana, pero siempre eficaz.
La Estocada Final en la Cancha del Poder
Regresamos a la sabiduría de Gorki para lanzar una pregunta que resuena en el vacío de la ética pública: “Para triunfar en la lucha por la vida, el hombre ha de tener o una gran inteligencia o un corazón de piedra”. ¿Cuál de estas dos condiciones es la que impera hoy en los pasillos de Palacio Nacional y en el retiro de Palenque?
POR CIERTO: En un acto de sensatez institucional, Luis Donaldo Colosio Riojas recordó que el Senado no posee facultades para citar a la Gobernadora Maru Campos, quien responde únicamente ante el pueblo de Chihuahua que la eligió. Mientras tanto, Claudia Sheinbaum ha manifestado su intención de dialogar. La tensión se agudiza y las jugadas suben de tono en este tablero incombustible que es la Cancha del Poder.
¡FUORE!
