La Cancha del Poder
Por Evencio Flores Gutiérrez
Maquiavelo, que entendió el poder menos como una doctrina que como una condición humana, dejó observaciones que siguen vivas en cualquier comité, partido, federación o gobierno. Con distintas palabras, siempre vuelve la misma lección: nadie permanece cerca de otro sin alguna razón; la amistad, cuando se aproxima al poder, rara vez es inocente; las relaciones suelen obedecer a intereses que no siempre se declaran; la traición no debería asombrar, porque la lealtad suele durar lo que dura la utilidad. Esperar fidelidad eterna de los hombres, en ese mundo, es casi tan ingenuo como pedirle al fuego que no queme. Y cuando alguien da la espalda, no necesariamente se vuelve monstruo: a veces solo está obedeciendo a esa parte interesada, frágil y calculadora que también forma parte de lo humano.
Todo eso lo veníamos platicando hace apenas unos días con mi compadre Mario Antonio Ramírez Barajas, hombre al que algunos de sus propios cercanos —de esos a quienes uno invita a la mesa, forma, empuja y hasta protege— terminaron por traicionar cuando buscaba reelegirse al frente de la Federación Mexicana de Ajedrez. Y entre recuerdos, decepciones y ese tipo de resignación lúcida que solo dan los años, aceptaba una verdad de las que pesan: “Muchos a los que ayudamos y preparamos para ser mejores cada día son los primeros que nos van a traicionar; preparamos siempre a nuestros sucesores y eso no es fácil de aceptar”.
La frase tiene, a la vez, algo de Aristóteles y algo de rancho: enseña. Porque formar a alguien no es solo transmitirle herramientas; es también entregarle, sin querer, la posibilidad de volverse contra uno. Todo maestro verdadero carga, tarde o temprano, con el riesgo de fabricar su propia sombra. Y en política —como en las federaciones, en los partidos, en los grupos y en los reinos diminutos del deporte mexicano— el discípulo no siempre agradece: a veces desplaza.
Hace algunos años, cuando todavía éramos “escuelantes” en una convulsionada Voca 5, el CECyT Benito Juárez de La Ciudadela, aquella atmósfera áspera donde todavía reverberaban los ecos del “México 68, 2 de octubre no se olvida”, un amigo sinaloense al que llamábamos MayAnthony, personaje irrepetible, mezcla de picaresca nacional y vocación teatral, nos dio sin saberlo una de nuestras primeras lecciones serias de política práctica. De teoría ya andábamos cargados: que si la justicia, que si el pueblo, que si la lucha. Pero él nos enseñó lo que después veríamos repetirse en partidos, sindicatos, gobiernos y alianzas nacionales.
Había elecciones estudiantiles para renovar el Comité Directivo del plantel. De un lado se agrupaba la Planilla Roja, ligada a los grupos porriles; del otro, la Planilla Azul, donde nos juntábamos los disidentes de diferentes procedencias: sinaloenses, guerrerenses, tamaulipecos, bajacalifornianos. Nuestro amigo, hombre más intuitivo que doctrinario, entendió algo elemental: no podía ganar. Pero comprendió también algo más fino: no necesitaba ganar para volverse indispensable. Y entonces creó la Planilla Morada, pequeña, modesta, aparentemente marginal, pero diseñada no para triunfar sino para decidir. Consciente de que sus pocos votos no le darían la victoria, apostó por convertirse en el fiel de la balanza, en esa pieza menor que, al final, se vuelve más costosa que los grandes jugadores. El tercero en discordia, cuando sabe contar, termina cobrando mejor que los dos principales.
Eso mismo hicieron, con los años, los partidos pequeños de este país. Convertirse, desde su pequeñez, en actores decisivos. No tenían la fuerza para mandar solos, pero sí la habilidad para inclinar resultados, para encarecer alianzas, para vender barato en discurso lo que luego cobraban caro en posiciones. Primero fue frente al PRI y al PAN; hoy, frente a Morena. Los pequeños partidos descubrieron desde muy temprano una lección que Gramsci habría entendido de inmediato: en política no solo importa la fuerza, también importa la posición. Y el que logra ponerse en el punto exacto entre dos ambiciones mayores, termina valiendo más de lo que pesa.
Por eso cabe aquella vieja frase de las pasiones contrariadas: ni contigo ni sin ti. La política mexicana lleva décadas montada en esa lógica de conveniencias cruzadas. Se rechaza en el discurso, se negocia en lo oscuro. Se condena en la tribuna, se firma en la oficina contigua. Y si algo se complica, si el arreglo principal se atora, si las cuentas dejan de dar, siempre queda ese recurso que la cultura política nacional convirtió ya en reflejo: el Plan B. La alternativa a medias, la negociación de recámara, la salida tramposa, el apaño.
Y luego viene esa otra verdad más incómoda todavía: el concepto de justicia social ha sido, demasiadas veces, el caballo de Troya con el que ha avanzado el totalitarismo, sin importar el color de su uniforme. No importa si se viste de rojo, de verde olivo, de guinda, de azul o de blanco con bordados democráticos. La historia del siglo XX está llena de causas nobles utilizadas como ariete para consolidar aparatos de control. Lo advirtió Berlin con su desconfianza hacia los paraísos forzados; lo padecieron pueblos enteros cada vez que la retórica del bien común se utilizó para asfixiar al individuo. En América Latina conocemos bien esa tentación: se empieza prometiendo igualdad y se termina administrando obediencias.
MEGACLASE DE FUTBOL
Y mientras tanto, en el escaparate de la política-espectáculo, ahí está la llamada megaclase de futbol, convertida en Récord Guinness para la Ciudad de México. Nosotros, desde luego, además del reconocimiento institucional, también enviamos una felicitación al vivillo que logró colocar por ahí de diez mil balones y uniformes. Porque en este país, entre una buena causa y un buen negocio, casi siempre se acomodan varios intermediarios.
“Que ruede el balón por la justicia”, dijo Clara Brugada. La frase tiene su música, su intención y su fotografía. “Cuando la ciudad se une, somos capaces de lograr lo imposible”, aventuró la jefa de Gobierno de esta capital donde a diario convergemos, respiramos, nos empujamos y sobrevivimos más de veinte millones de personas.
Pero los números, esas criaturas sin partido, a veces se encargan de devolverle medida a la grandilocuencia: nueve mil personas son apenas el 0.045% de esa vasta y extenuada multitud. Todo un récord, sí, pero muy a la escala de nuestra época: convertir una fracción mínima en epopeya de Estado. Debord habría sonreído con amargura: en la sociedad del espectáculo, lo importante no es el hecho, sino su puesta en escena. Y en la 4T, como en toda liturgia de poder, el dron, la toma aérea y la narrativa suelen hacer más trabajo que la proporción.
MARA LEZAMA Y EL BUEN GOBIERNO
También por esos caprichos de la solemnidad pública, Mara Lezama, gobernadora de Quintana Roo, acaba de recibir el Premio Nacional a la Excelencia Municipal 2025, como parte del Premio Nacional al Buen Gobierno Municipal. La razón formal: su trayectoria y su supuesta aportación al fortalecimiento de políticas públicas orientadas al bienestar social y a la transparencia.
Todo suena muy bien hasta que uno baja del estrado al concreto. Porque en el municipio de Cancún, Benito Juárez, se les niegan canchas a niños y jóvenes basquetbolistas por no alinearse a los caprichos de su director de Deportes. Y entonces uno descubre, una vez más, que en México la excelencia suele ser una condecoración de papel couché: brilla mucho en la foto y resiste poco en la realidad. No sería la primera vez que se premia una narrativa en lugar de una gestión. En eso somos, hay que decirlo, finos herederos del barroco administrativo: mucha ornamentación, poca sustancia.
CUBA, EL PUEBLO HERMANO
La Presidenta Claudia Sheinbaum dijo apenas que continuará el apoyo de México a Cuba porque “está sufriendo un pueblo hermano”. Y la frase, más que alivio, deja un desconcierto histórico. Porque si de sufrimiento se trata, hace más de seis décadas que el pueblo cubano viene padeciendo un régimen que nació envuelto en consignas heroicas y terminó administrando escasez, miedo y privilegio para los de arriba.
Desde 1959, cuando los barbones castristas irrumpieron con su liturgia de “Patria o Muerte”, “Hasta la Victoria” y “Venceremos”, la isla fue derivando de la épica revolucionaria a la inmovilidad represiva. Lo que comenzó como redención nacional terminó en vigilancia, delación, carestía, prostitución como recurso de supervivencia, exilio como escape y enriquecimiento grosero de una élite burocrática que convirtió la escasez general en privilegio privado. Orwell no necesitó haber nacido en La Habana para entender el mecanismo: toda revolución que absolutiza su relato acaba fabricando su propio Ministerio de la Verdad.
Por eso asombra que apenas ahora se nos hable del “pueblo hermano” que sufre, como si el sufrimiento cubano hubiera comenzado la semana pasada y no hace más de sesenta años. La historia, cuando se usa como utilería moral, siempre llega tarde.
VIEJITOS DE LA PENSIÓN
Y ya que andamos en esas ironías de la solidaridad selectiva:
Viejitos de la pensión, ¿ya depositaron a la cuenta de AMLO para ayudar al gobierno represor y comunista de Cuba?
Por si estaban con pendiente.
Y, de paso, lean la columna de hoy publicada en El Sol por Roberto Rock, donde se anuncia “el adiós de Juan Ramón de la Fuente” en la SRE y el arribo del nada humilde Roberto Velasco Álvarez. En la política exterior también cambian las caras, aunque no siempre cambien los reflejos.
DOS FRASES PARA EL RESPETABLE
#NuestraSoberaníaNoSeNegocia, repiten desde el aparato oficial con esa convicción de etiqueta que tienen los lemas cuando ya vienen prefabricados. Pero Manuel J. Jáuregui, en Reforma, les devuelve un espejo menos amable: esa soberanía ya fue negociada desde hace años con los cárteles, y quedó subrayada con la política de “abrazos y no balazos”. Y luego formula la pregunta que en cualquier país serio debería helar a más de uno: “¿Puede un país ser independiente cuando sus campañas políticas dependen del mal habido dinero de los narcos para así, junto con ellos, llegar al poder?”
La pregunta no necesita adorno. Tiene la crudeza de las preguntas verdaderas. Y tampoco conviene refugiarnos demasiado rápido en los terrenos del racista Trump, para quien las palabras soberanía e independencia solo merecen respeto cuando caben dentro del viejo “Destino Manifiesto” estadounidense. Los demás pueblos, para esa mirada imperial, contamos poco. Pero tampoco podemos hacer del imperialismo externo un biombo que nos permita ocultar la degradación interna. Una nación puede ser asediada desde fuera y corroída desde dentro al mismo tiempo. Lo uno no absuelve lo otro.
EL NEGOCIO DEL MUNDIAL
Mario Maldonado nos dice en El Universal que el mercado del hospedaje durante el ya inminente Mundial representa 11 mil millones de pesos, solo en la Ciudad de México, sin contar Guadalajara y Monterrey. Es decir, el balón todavía no rueda y ya comenzó la verdadera competencia: la del dinero.
Ese negocio se lo disputan la Asociación Nacional de Cadenas Hoteleras, la Asociación de Hoteles y Moteles y la Asociación de Hoteles de la CDMX, en abierta guerra con las plataformas internacionales como Airbnb, Booking y demás criaturas del capitalismo digital contemporáneo. Un mercado donde apenas se ofrecen sesenta mil cuartos cuando la demanda prevista rebasa, por mucho, esa cifra.
Pero el problema real no se agota en el alojamiento. Si el mundo continúa en guerra, si el deterioro geopolítico se agrava y si además persiste la vergonzante, desmedida y casi suicida subida en el costo de las reservaciones, las más de mil cancelaciones recibidas hasta el momento podrían volverse catastróficas. Y entonces perderíamos todos: el turista que no viene, el hotelero que especuló de más, el comercio que se ilusionó, el país que se vendió como escaparate impecable y terminaría exhibiendo desorden, abuso y codicia.
Ser sede no basta. También hay que saber administrar la sede. Y esa es una disciplina que en México todavía confundimos demasiado a menudo con oportunismo de temporada.
LA PREGUNTA ENTRE REPORTEROS
Y entre reporteros circula ya una pregunta de esas que empiezan como murmullo de pasillo y terminan convertidas en síntoma de época:
Si Cuba ya negocia con Estados Unidos,
¿en cuánto tiempo los cañones trumpistas serán dirigidos hacia AMLO y sus huestes morenas?
Perdón…
¿hacia México?
¡Fuore!
