Por Antonio Velázquez Zárate
Como la excelente narrativa escrita por nuestro mutuo amigo y amante del fútbol, Juan de Dios Palazuelos, se me adelantó en lo relacionado con la figura del que hacer del recién fallecido Papa Francisco, dejaremos por un lado la importancia del apostolado ejercido por el que fue el primer Papa nacido en el continente americano, luego de muchos años de ser electos solo personajes del llamado viejo mundo, destacando un alemán y un polaco, luego de muchos italianos.
Para nuestro favor, Juan, aun cuando es futbolista de hueso colorado, no tocó el tema del Papa Francisco y el deporte, especialmente en lo que concierne al fútbol, argentino al fin, imposible que un ciudadano de ese país, le pasara inadvertido durante alguna parte de su vida, su relación con el balompié. En realidad, no durante una parte de su recorrido por este mundo, pues desde que abrazó el sacerdocio, nunca dejó ni de tocar el tema del fútbol ni dejar de ser aficionado recalcitrante seguidor del equipo de San Lorenzo de Almagro, por la simple y sencilla razón que este equipo fue formado por un sacerdote.
En lo personal, recuerdo del Papa Pio XII a la fecha, de que tenga memoria a ninguno lo había escuchado hablar sobre tema deportivos, en especial de la disciplina de mis amores. En general, recordamos varios pasajes del Papa Francisco, muy cercano a deportistas de otras disciplinas, como el basquetbol. Durante su visita a Estados Unidos, uno de los integrantes de los Harlem Globe Troters, con la pelota girando en su dedo anular, cual pirinola, se la pasó al Papa, para que la mantuviera en movimiento, pero obvio, le fue imposible.
Como olvidar los momentos que vivió con Maradona, Messi, Ronaldhino y muchos más destacados futbolistas, así como comentar sobre la Copa del Mundo ganad por Argentina. No sabemos donde guardó preciados tesoros que le regalaron todos esos grandes deportistas, ni ahora fallecido, a donde irán a parar porque se trata de objetos personales.
Ahora bien, como no todos nuestros lectores están incluidos en el Chat de los Futbolistas y con el permiso de Juan de Dios Palazuelos, aquí su reflexión completa, sin quitarle ni ponerle una coma, con relación al legado que dejó el Papa Francisco.
Va. léanlo, no tiene desperdicio alguno.
A propósito de la muerte del papa Francisco, me atreví a escribir este rastro narrativo con respeto a todos los católicos y no católicos.
Francisco, el Papa de los Humildes.
Toda la vocación y servicio pastoral del Papa Francisco estuvo profundamente marcada por la espiritualidad de la Compañía de Jesús.
Su formación como jesuita forjó en él una sensibilidad especial hacia las realidades más duras del mundo: los pobres, los excluidos, los marginados. Por eso, cuando fue elegido Sumo Pontífice, no dudó en adoptar el nombre de Francisco, en homenaje a San Francisco de Asís, el santo de la pobreza, la humildad, la naturaleza y la paz.
Este gesto simbólico anticipaba ya una ruptura. El Papa Francisco no fue un pontífice más dentro del molde tradicional de la iglesia católica. Se apartó conscientemente de las actitudes cortesanas que durante siglos vincularon al papado con reyes, príncipes y presidentes.
Su opción fue otra: un papado de cercanía, de calle, de manos tendidas, de mirada compasiva. El suyo fue un liderazgo profundamente evangélico y contracultural. Habló fuerte cuando tuvo que hablar fuerte. Denunció la indiferencia, el egoísmo, el capitalismo salvaje.
El papa Francisco pido disculpas públicas y manifestó su dolor y vergüenza por los abusos sexuales cometidos por miembros del clero contra niñas y niños. Señaló que la iglesia debe asumir la responsabilidad y garantizar justicia a las víctimas.
Su relevante labor como Papa y su papel como voz de la concordia y la comprensión humana también le valieron el reconocimiento de las personas incluidas en la comunidad LGBT, a quienes —antes que nada— consideró como seres humanos dignos de respeto, independientemente de su orientación sexual.
Pero también abrazó con ternura a los que no tienen voz. Su amor por la naturaleza -que plasmó en la encíclica Laudato Si’- reveló su conexión mística con toda la creación. Y su constante llamado a la paz y al diálogo lo posicionó como un líder moral en un mundo herido.
En un gesto histórico, rompió con siglos de tradición al nombrar a una mujer como administradora del Vaticano, dando un paso valiente frente al inmovilismo institucional. Este acto no fue simplemente administrativo: fue un signo profético, un mensaje a la Iglesia y al mundo de que la igualdad y la inclusión son caminos de justicia.
El Papa Francisco ejerció un papado transgeneracional. Un liderazgo espiritual que buscó reconciliar a la Iglesia con las nuevas generaciones, con la cultura, con los movimientos sociales.
Oxigenó el Vaticano con un aire fresco, renovador, humano. En tiempos donde muchos han perdido la fe en las instituciones, él recordó al mundo que el
Evangelio no se predica con oro ni con tronos, sino con gestos pequeños, con humildad radical y con una opción clara por el pobre.
Además de los cambios que trazó en su ejercicio papal, el papa Francisco transgredió el concepto y tradición de una iglesia apoltronada en una tradición abigarrada, no propia de los momentos actuales, de los grandes cambios; sino que, desde el propio contenido del catolicismo, soñaba una iglesia de tiempos actuales.
Francisco no fue solo el Papa de un mundo convulso; fue, y sigue siendo, el pastor de las almas que anhelan una existencia nutrida por el aliento del amor, la ternura y la esperanza. Su figura habita en el corazón de los fieles que sueñan con una vida espiritualmente sana, donde la fe no oprime, sino que libera y abraza.
