Por Antonio Velázquez Zárate
Tuve la oportunidad hace poco más de una semana, de desayunar, comer y cenar, con temas deportivos de varias disciplinas, luego de la orden médica de seguir sus instrucciones al pie de la letra. No me lo van a creer, pero en una de las visitas que me hicieron una de mis hijas y su esposo, ambos médicos, gracias a sus “amenazas” mi rehabilitación fue muy efectiva. -Papá, -me comentó mi hija, secundada por su pareja- no se te ocurra antes de tiempo, ni hacer ejercicio, ni salir siquiera al patio y tomarte tus medicamentos al pie de la letra.
-Claro que sí. Asentí. Ambos, antes de despedirse, vino la “amenaza”: -si no te cuidas y empeoras, te llevaremos al Seguro Social o al ISSSTE (tengo ambas opciones). Fue como una inyección de adrenalina, porque eso de que me atendieran en esas instituciones no lo consideré la mejor opción porque estoy enterado de lo que ahí sucede. No lo afirmo, no de “oídas”, lo sé porque una semana antes, mi hija mayor tuvo que ser internada y a falta de camas la atendieron durante casi 24 horas sentada en una silla en los pasillos. -Papá -me dijo al regresar-, había mucha gente, soldados y policías que eran atendidos y ni modo que mi hermana, se saliera de las normas, quitándole la cama a quienes ya eran atendidos.
Bueno, pues sana paz, ante tal “amenaza”, salí del problema en casa. Parafraseando un refrán popular: “más vale solo, que mal acompañado”. El caso es que no desaproveche el tiempo, entre las series de deportes y libros de Sir Arthur Connan Doyle, sobre su obra Relatos I II y II de Sherlok Holmes, no me fue tan mal.
Pues bien, entre lo visto en Netflix, ligue tiempos pasados a tiempos presentes con la serie titulada en español Juego de Caballeros. Se trata de como aquel rudo juego de pelota de pueblos contra pueblos, terminaban en masacres. Luego de su prohibición los ingleses con poder económico decidieron reglamentarlo para que fuera supuestamente lúdico, pero solo practicado por ellos. Con el paso de los años, los trabajadores de las fábricas también empezaron a ser parte del fútbol y competir contra los ricos, solo que estos con marcadas ventajas, empezando porque tenían tiempo para entrenar, en cambio los obreros, tras agotadoras jornadas, no tenían aliento para más.
Desde luego que como en todas las series que narran episodios históricos, es probable que los hechos no fueron al pie de la letra, pero nos dan una idea clara, de como el poder del dinero, las tramas y golpes bajos, permean desde el mismo momento en el que no solo empezaron a pagarle a elementos en lo oscurito, porque eso era ilegal, sino que tenían a su favor a los árbitros, que se hacían de la vista gorda.
Luego, se dio paso al profesionalismo para terminar con ese asunto de romper la regla y a partir de ahí se desgranó aun más, todo lo que hasta la fecha vemos. Si bien hubo momentos en los que el amor a la camiseta no se prestaba a ser moneda de cambio, esto quedó atrás hace mucho tiempo. Los jugadores tienen razón en buscar su provecho económico, a ellos no los juzgamos, es su profesión y tienen que sacarle jugo porque la vida de los deportistas como profesión, no es para siempre.
Es la gente de pantalón largo, especialmente lo de poder económico, quienes les vale madre la ética, porque si bien, estamos de acuerdo en que el fútbol profesional debe verse como una empresa, los poderosos especialmente, los dueños del balón se dan entre ellos cada golpe bajo, que las consecuencias, por lo menos en el fútbol mexicano han tenido consecuencias muy negativas. El tema, estimados lectores, da para muchos, desglosaremos en próximas entregas situaciones específicas y pondremos en la vasija comparativos, que muchos aficionados suelen no analizar.
Para terminar por hoy, sobre la corrupción esta el caso del León
Nos vemos mañana.
