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Columna Primer Bat
Por: Dr. Enrique García Villarreal
egarcia060282@gmail.com
“La revolución es el huracán…”, escribió Mariano Azuela en 1916, “… y el hombre que se entrega a ella no es ya el hombre, es la miserable hoja seca arrebatada por el vendaval…” Y mientras estas líneas salían de la pluma de Azuela, el hijo favorito de San Pedro, Sinaloa, había ya encabezado la vanguardia de las tropas revolucionarias comandadas por Ramón F. Iturbe en la toma de Mazatlán (1914) y resistido con valentía el avance de José María Maytorena en el sitio de Navojoa (1915). Incluso llegó a derrotar a las fuerzas de Francisco Villa en la Batalla de Hermosillo (1915) al mando de la Columna Expedicionaria de Sinaloa. Con éxitos militares como éstos, no le fue difícil, tras terminado el conflicto bélico, llegar a la gobernatura de Sinaloa (1920-1924) y recibir el nombramiento como Jefe de la Primera División del Noroeste a manos del General Álvaro Obregón – quien inclusó llegó a expresarse de él como “el mejor soldado de la Revolución” –.
Siendo gobernador, inauguró muchas obras públicas al servicio de la comunidad en Culiacán, como la primera casa del béisbol profesional de la ciudad – el Estadio Universitario, uno de los estadios más antiguos en pie en México – en noviembre de 1921. Sin embargo, en la politica, como en la vida misma, los aliados pronto se tornan en adversarios, y tras participar en la contienda electoral para la Presidencia de la República en 1924 – convirtiéndose, dicho sea de paso, en el primer candidato presidencial sinaloense –, el general se retiró de la política en 1925 al ser derrotado en las urnas por su otrora compañero de armas, el General Plutarco Elías Calles. En medio de la pobreza y de la soledad, y habitando en un cuarto del hotel Granada – hoy triste estacionamiento en el centro de Culiacán – el ilustre soldado murió envenenado con arsénico un 31 de marzo de 1926 – por órdenes, se rumorea, de Calles –.
Los años pasaron y a pesar de que su nombre adornaba calles y escuelas de la ciudad rosalina, el recuerdo del general fue perdiéndose de la memoria, arrastrado por la suave y tenue brisa del tiempo, que todo termina erosionando. Pero todo eso estaría por cambiar pronto. Estando el Estadio Universario en condiciones insuficientes para hacer del equipo de los Tacuarineros de Culiacán un negocio rentable y en medio de rencillas y conflictos de derechos de uso entre Enrique Peña Bátiz – directivo del equipo de los Tacuarineros –, Amado Blancarte – entonces Rector de la hoy Universidad Autónoma de Sinaloa – y Antonio ‘Pachuco’ Villa – pionero promotor del béisbol profesional y amateur en Culiacán –, la directiva de la ‘Sociedad Deportes Culiacán’, encabezada por los señores Alfonso Zaragoza y el nuevo presidente del club, Manuel Félix León, decidió hacer planes para construir un inmueble nuevo y con más capacidad. Por ello, dichos personajes se encargaron de integrar un comité pro estadio, nombrando a Zaragoza como su presidente, a Benjamín J. López como secretario y a José Díaz Garza como tesorero.

La primera tarea fue encontrar un predio adecuado. La búsqueda los condujo originalmente a la Colonia Chapultepec – propiedad de la familia Carrillo Rodrigo –, pero esa primera idea fue descartada por su cercanía al Río Tamazula. Escuchando las necesidades del comité pro estadio, surgió la figura de Jorge Almada Salcido – quien era propietario del ingenio azucarero de Navolato y, dicho sea de paso, yerno de Plutarco Elías Calles –. Conocido por su generosidad, Almada Salcido decidió donar un amplio terreno de su propiedad, localizado en la colonia ‘La Galera’, en las inmediaciones de la estación del Ferrocarril Occidental de México – mejor conocido en Culiacán como ‘El Tacuarinero’ –. Su única condición para esta dádiva fue recibir la promesa de que el predio se utilizaría para el desarrollo del deporte infantil y juvenil.
Con el apoyo del transportista y constructor Octavio de la Vega, el terreno fue nivelado y entregado en condiciones apropiadas para el comienzo de la obra civil. Como relata en su libro ‘Cosas del Béisbol’ (1995), Agustín D. Valdéz reporta que hubo más de una propuesta para el diseño de la nueva casa de los Tacuarineros de Culiacán. El primero fue un concepto de un arquitecto originario de Mazatlán, de nombre Gabriel Sánchez Hidalgo, mismo que fue descartado debido a su alto costo. El segundo fue obra del Ing. Constantino Haza, responsable de la construcción del Edificio Clouthier y del Casino de Culiacán. A cargo del maestro de obras, Felipe Retamoza, se iniciaron los trabajos de obra.
El financiamiento del nuevo estadio para el béisbol en Culiacán fue un asunto que requirió del apoyo del gobierno y de la sociedad culichi. El Gobernador del Estado, Pablo Macías Valenzuela, autorizó entregar al comité pro estadio una partida de 5 mil pesos mensuales para cubrir los sueldos de los trabajadores de obra, mientras que Don Alfonso Zaragoza se encargó de aportar el material para la misma, muchas veces salido de las arcas de su propia empresa. Por otro lado, el presidente municipal, Roberto A. Hernández, no sólo otorgó 15 mil pesos para la construcción, sino que también fijó un impuesto de 10 centavos por cada boleto de admisión a los cines. Las cervecerías se encargaron de aportar 1.25 pesos por cada cartón de cerveza vendido en el estadio, mientras que la afición se dedicó a organizar fiestas y bailes para recaudar más fondos. Gracias a las contribuciones de la larga lista de aportantes – entre los que figuraron los empresarios más conocidos de la ciudad, productores agrícolas, comerciantes, profesionistas y el público en general –, se recaudaron 36 mil 704 pesos para hacer del estadio nuevo una realidad.
Fue el mismo Gobernador Macías Valenzuela –militante de la Revolución Mexicana – quien ordenó imponerle a la catedral del béisbol en Culiacán el nombre con el que se le conocería durante toda su existencia: Ángel Flores. Lo mandó hacer en honor al ilustre hijo de San Pedro, quien fuera su General de Brigada durante su militancia en la Columna Expedicionaria de Sinaloa (1914), misma con la que recorrieron juntos La Paz, Rosales, Alamito, Zamora hasta llegar a Hermosillo. Habían sido ambos, pues, quienes derrotaron a Francisco Villa en Hermosillo. El Gobernador quiso con este gesto honrar la memoria de su General.

De construcción muy modesta, el techo del estadio era de lona y con agujeros hechos con la finalidad de que el viento no lo rompiera. Y como ocurre muchas veces con las obras públicas, el inmueble no fue entregado a tiempo, por lo que los Tacuarineros tuvieron que jugar durante las primeras series de la cuarta temporada de la Liga de la Costa del Pacífico (1948-49) como visitantes. Aún en medio de la obra y con jornaleros retirando el escombro del terreno de juego a unas cuantas horas del comienzo del partido, el Estadio General Ángel Flores fue formalmente inaugurado un 13 de noviembre de 1948, contando con cerca de 4,000 personas ese día. En el centro del diamante se encontraban el representante de la Liga, Don Teodoro Mariscal y Manuel Félix León, directivo del Club de Culiacán. El Lic. Saúl Aguilar Pico, en representación de Macías Valenzuela, fue encargado de lanzar la primera bola en ese gran evento.
En el partido de inauguración, los Tacuarineros se enfrentaron a los Trigueros de Ciudad Obregón, barriéndolos en los tres juegos de la serie – uno el sábado en la tarde y dos en ese domingo –. Quizás esto vaticinó el comienzo de una historia de éxitos, pues fue en ese año cuando Culiacán, al mando de Manuel ‘Shorty’ Arroyo, conquistaría su primer campeonato de la Liga de la Costa del Pacífico. Con un trabuco consistente de José María ‘Chema’ Castro, ‘Chorejas’ Bravo, ‘Huevito’ Álvarez, ‘Chino’ Ibarra, Henry Robinson, ‘Dick’ Cole, Alfonso ‘Tuza’ Ramírez, Héctor ‘Chamaco’ Lara, Carlos ‘Caliquín’ Gómez, Ramón Vargas, Salvador ‘Rata’ Vargas, Homobono de la Rocha, ‘Moscón’ Jiménez, Tomás ‘Piyuyo’ Arroyo, Manuel ‘Negro’ Morales y Carlos Villarreal, ‘El Shorty’ hizo que el Ángel Flores naciera siendo un estadio campeón.
Con 66 años en pie, el estadio tuvo una larga vida, siendo escenario de 16 series finales, 5 campeonatos de la Liga de la Costa del Pacífico, 10 campeonatos de la Liga Mexicana del Pacífico, 4 juegos de estrellas, 1 serie del Caribe y 1 juego de exhibición de Grandes Ligas. Pero todo lo que tiene un comienzo también tiene un fin. El Ángel Flores celebró su último partido el día 26 de enero de 2015, tras la dramática coronación de los Tomateros de Culiacán como campeones de la temporada 2014-15 – su décimo título en el mejor circuito beisbolero invernal en México –. En dura contienda contra Jalisco, Culiacán se impuso en el quinto partido de la serie final y cerró el juego con un polémico ponche sobre los Charros, dándole el primer triunfo al actual manager de Culiacán, Benjamín Gil y cerrando un largo período de sequía de 11 años.
Entre gritos, música, cerveza y celebración, la afición se encargó esa noche de contribuir al proceso de desmantelamiento del inmueble, al apropiarse de butacas y accesorios en medio de una fiesta desbordada. Pasada la celebración, las brillantes luces del majestuoso Estadio Ángel Flores se habían apagado para siempre. Con esto se daría paso a un moderno inmueble deportivo que sería orgullo de los sinaloenses: el actual Estadio Tomateros. Con una inversión de más de 500 millones de pesos y con una capacidad para 21,000 almas, el nuevo Estadio Tomateros abrió sus puertas en la temporada de 2015-16. De las cenizas y escombros del viejo coloso surgió el inmueble que es considerado por el actual comisionado de béisbol de Grandes Ligas, Rob Manfred, como el más moderno de toda América Latina. Sin embargo, a pesar de la nueva infraestructura, la pantalla gigante más amplia de México y la más moderna fachada, la vieja afición sigue y seguirá llamando al Coloso del Pacífico con el nombre con el que lo conocieron desde sus orígenes: el Estadio General Ángel Flores; el estadio que nació y murió siendo campeón; el recinto creado en recuerdo al ‘mejor soldado de la Revolución’.
