*Sus contemporáneos lo calificaban como de “santo”
*Su vida y obra, siempre será polémica
*Juan Diego: ¿Mito, leyenda o verdad?
*Fue canonizado por Juan Pablo II
ANTONIO VELÁZQUEZ ZARATE
Las apariciones de la virgen, son y seguirán siendo punto para la polémica. Bien sabemos que científicos de todo el mundo – por encargo incluso de la iglesia – han estudiado por largos años el manto o ayate de Juan Diego, en el que milagrosamente se estampó la imagen de la virgen Guadalupana. Dentro de esos estudios, encontraron que en los ojos de la virgen hay muchas más incógnitas que resolver, pues según se dice hay imágenes del propio Juan Diego.
Nosotros no vamos a meternos en esos terrenos, por lo que le recomendamos busquen un libro, escrito años atrás por el padre Arturo Magaña, en su contenido vienen varios temas más sobre Juan Diego, quienes deseen conocer esa otra parte de la historia, así como la del milagro del joven mexicano que salvó la vida gracias a Juan Diego, y que se integró en ese entonces parte del proceso de su canonización. La verdad, vale la pena.
Nos preguntábamos en el artículo anterior ¿quién en realidad fue Juan Diego? Bueno, vamos a ver que fue al respecto lo rescatado por el padre Arturo Magaña, cuando el indígena estaba en vísperas de la canonización de Juan Diego, quien de ninguna manera fue el primer santo mexicano, a él le antecedió San Felipe de Jesús. Si mal no recordamos.
A Juan Diego, generalmente se le ha presentado como una persona de origen muy humilde, como una persona pobre. Por lo menos en las películas hasta ahora filmadas, ese es el patrón. Otros historiadores lo presentan como un integrante de la nobleza y hasta heredero legítimo de Texcoco, como ya lo vimos.
Ante esto ¿cuál es la realidad?

La verdad es que, con ocasión de los procesos de beatificación y canonización, se hicieron numerosas investigaciones sobre la verdadera historia de Juan Diego y se llegó a la conclusión, que ciertamente, Juan Diego fue un integrante de la nobleza de su época, lo cual, desde luego, tiene mucho más mérito todo lo que hizo.
Y es que él voluntaria y gradualmente fue renunciando a los títulos de nobleza y eligió vivir con sencillez, renunciando a sus bienes materiales, cuando se convirtió al cristianismo, adoptando así una vida digna como la gente humilde.
Veamos por qué.
Un “macehualli” en ese tiempo se le designaba al individuo que no era apto para las artes de orfebrería, la pintura, los mosaicos de pluma, ni sabía fundir el oro, ni tallar las piedras de jade.
Pues bien, Juan Diego estaba lejos de ser un “macehualli” porque su vida era muy diferente. El voluntariamente quiso vivir pobre, después de haber recibido el bautismo en la iglesia católica, buscando una perfección para su alma; no quería que le estorbaran los apegamientos a las cosas terrenas, pero por si educación no era un “macehualli”, a quien también se le daba la condición de labriego y Juan Diego era un señor, dueño de propiedades, inteligente, hábil y capaz de desarrollar pequeñas industrias que necesitaban ingenio y dedicación. Juan Diego se ganaba la vida y la de los suyos pensando en cosas que debía hacer y llevándolas a la práctica.
El “macehualli” no pertenece a una familia encumbrada, que prestaba sus servicios meritorios a Tlatoani o a sus principales colaboradores; no tenía medios para vestir con elegancia y aunque hubiesen asistido a las escuelas con régimen de internados, sin distinguirse exteriormente de los jovencitos que son hijos de las familias acomodadas, su mentalidad cambiaba poco.
Esta no era una regla fija, porque en los tiempos de Juan Diego, no se escatimaban los puestos de categoría y los honores a quien los mereciera, sin tener en cuenta su origen.
El “macehualli” sabía que no era esclavo de nadie que vive de su trabajo – generalmente en el campo, aunque a veces fueron requeridos para servicios públicos de la ciudad – y que no tenía porque envidiar a nadie.
Se casaba, atendía a su familia, amabas a sus hijos y los enseñaba a ser virtuosos. Los niños
iban al colegio de su Calpulli de su barrio y aprendían – igual que los que venían de la nobleza – al llevar una vida austera, muy rigurosa, el cuidado de sabios y sacerdotes y buenos guerreros.
El “macehualli” no era un guerrero, ni le atraía el oficio. Aprendía en el “Telpochcalli” el maneo de las armas y era apto para soportar los rigores de la guerra. Todos estos hombres eran buenos para pelear en un momento dado, pero no era lo suyo.
El “macehalli” No se distinguió tampoco en la literatura, pudo ser poeta y tener una gran finura de espíritu, pero le costaba trabajo expresar sus pensamientos por escrito en un náhuatl armonioso. No conocía los intrincados pasillos del derecho y la política, no tenía necesidad de consultar ningún archivo: su horizonte era corto y siendo un verdadero apoyo para la vida económica de la confederación, le importó muy poco que sus méritos fueran reconocidos por alguien. Vivía su vida, asistía a festejos religiosos, bebía pulque y llegaba a viejo.
La crónica textualmente continúa así:

Eligió dedicarse a la atención y el a cultivo de sus propiedades y a la realización de actividades de tipo artesanal. El no era un “macehualli”, labrador poco culto, el último de los hombres útiles en la escala social de aquel tiempo; ni tampoco era un “naborio” –término procedente de las Antillas traídos por los españoles – que designan al hombre confiado por el estado al cuidado de una familia porque es incapaz de ganarse la vida, y al que los españoles llamaron equivocadamente “esclavo”. Juan Diego era un “Tizin”.
“Tzin” se traduce siempre al castellano en diminutivo; pero terminar una palabra con “Tzin”, puede significar dos cosas: honora y señorío, o el efecto que se tiene a lo que se está nombrando.
Por ejemplo: “Nocaltzin” mi casa, o mi casita; lo que yo quiero, donde viven mis seres amados. Decir “Noteocaltzin” es referirse a la casa de Dios: el templo. Traducir “templito” o “casita de Dios”, sería muy simpático y aparentemente “muy indio”, pero aquí solo puede admitirse el “Tzin reverencial”, es decir: los que se nombra, cargado de un sentimiento respetuoso.
¿Cómo discernir si el “Tzin” es de afecto, o indica señorío? En primer término, debe considerarse el asunto del que se trata y, en segundo lugar, el momento en que se utiliza.
Añadido al nombre de una persona generalmente significa que merece respeto, cuando se habla de las cosas de Dios, o se refiere a que, a la Santísima Virgen, se añada el “tzin” que implica majestad y grandeza; trae también un algo interior de los sentimientos de quien lo emplea, que se deja ver y expresan entrega y sumisión amorosa; nunca un respeto seco y lejano. Para todo es necesario conocer un poco más la mentalidad mexicana.
Cuando alguien o algo es mirado con mucho respeto –“Tzin” reverencial -; o especial afecto – “tzin que indica benevolencia, cariño, surge en el idioma náhuatl reticencia a decir solamente el nombre sin hacer aparecer el tan atraído y llevado “Tzin”. Su empleo forma parte de la educación de una persona, de su finura anterior.
Cuando la Virgen habla a Juan Diego en náhuatl, le llama: “Juan Diegotzin, quiere decirle: “tú eres para mí algo entrañable y muy digno de aprecio.
Debido ala relación que establece entre quien habla y aquello a los que se refiere, se produce el respeto, el afecto, o el antagonismo, en nuestros días es frecuente que el sacerdote católico se le diga “padrecito”. La razón es que a mas de uno de este país – si es de procedencia indígena – le suena a despego decirle simplemente “padre”. Tratarlo así podría indicar, quizá que hay un rechazo.
Todo esto se traduce además de la expresión en la cara, en el tono de la voz yen la mirada.
El vocablo castellano “madre”, se emplea exclusivamente para referirse a la Santísima Virgen, la “Madre de Dios”, quizá se deba a la enseñanza religiosa de los frailes españoles que hablaron siempre así cuando querían pronunciar su nombre. En México, la propia madre es: “mamá” o su diminutivo. Decir: – madre, tal cosa, madre, tal otra…, aquí no se usa, suena muy áspero.
Del mismo modo empleado un tratamiento cariñoso, el aya, la “nana”, como se le nombra en México, que viene del náhuatl “nan”, madre, al dirigirse a la señora e la casa, si la cuidó en su niñez, continúa diciéndole: “niña”.
“Tsin” sigue viviendo n el diminutivo castellano correspondiente. La virgen es “la virgencita”, no es niñería ni mero sentimentalismo, es la relación que se crea el que habla y es el “tzin” que vuelve a decir ¡aquí estoy!
El indígena de habla náhuatl es tan fino en el trato como puede serlo cualquier oriental de China o de Japón, bien educado. Raramente habla en voz alta o arrebata a otro el hilo de la conversación. Cuando alguno comete esa falta de cortesía, prefiere callarse, pero se reciente por el desprecio de no ser escuchado. Si hay desavenencia, las cosas cambian, como sucede con cualquier humano.
Juan Diego fue noble por su origen: tiene esa dignidad por nacimiento. Después del conflicto armado contra España en la que los naturales perdieron la guerra, se adaptó a las nuevas circunstancias, y en Cuauhtitlán vivió de acuerdo a su condición y mediante un trabajo intenso y ordenado.
Años después. Movido por el amor a Dios, decidió vivir como un labrador, dejándolas comodidades de que antes había disfrutado. Por eso se le describe como “un pobrecito macehual”. El quiso librarse de las ataduras que crean las cosas para poder dedicarse con mayor profundidad a la vida del espíritu. Para entonces ya era católico, con buenos ejemplos que contemplar y seguir de cerca la vida generosa de los frailes franciscanos.
Juan Diego era un “pilli”m un “noble” en el sentido que le dieron los españoles en México a esa palabra, para referirse a los altos dignatarios y a los descendientes de antiguas familias, engrandecidas por sus servicios al “Huey Tlatoani” (estado) en bien de su país.
Después fue un “Tzin”, tomando no un diminutivo afectuoso o familiar, sino el de “venerable”, es decir un “señor” de su tiempo, relacionado con los demás señores y los “pilli” de Teztcoco (hoy Texcoco) especialmente, y los de Tenochtitlán, debido a sus encumbrados parientes chichimecas. Estas relaciones con los de México, se harían principalmente cuando ellos iban a tratar asuntos a Tezcoco y eran hospedados en el palacio de Taltoani.
Dicen quienes conocieron a Juan Diego, que efectivamente para el pueblo, era un “un buen indio y un buen cristiano” o “un varón santo”. Ya solo estos últimos títulos bastarían para entender la solidez de su fama; ya que los indios eran exigentes para concederle a alguien el calificativo de “buen indio” y menos fácil era concederles el título de “bueno y santo”, Y a Juan Diego lo consideraban ya “santo” que hasta le tenían como modelo y le pedían a Dios, que a sus hijos y familiares los hiciera santos como Juan Diego.
En fin, gracias a las fuentes históricas. Conocemos lo que fue la vida de Juan Diego. Su familia, su casa, sus tierras y su generosidad y desprendimiento al dejarlo todo junto con la comodidad de su casa, para ir a vivir y servir a la ermita. Según petición de Santa María de Guadalupe.
Esta es, amables lectores, a grandes rasgos la vida de Juan Diego y la historia de las apariciones que lo llevaron a su canonización. Desde luego para llegar a esta conclusión hubo necesidad de intensas investigaciones, de ver y estudiar códices en el idioma náhuatl.
Mito, leyenda y verdad, es un hecho que esos acontecimientos le dieron un rumbo definitivo a la fe católica en México.
Concluimos mañana.
